jueves, diciembre 17

JAMÁS

Estas llamando a casa de Eugenio. En este momento no te puedo atender. Si quieres dejar algún mensaje hazlo después del tono. Gracias. Piiiiiiiiiiiiiii


Soy yo. Tenía que escuchar tu voz de nuevo. Imagino que sí estás ahí pero prefieres no contestar sabiendo que soy yo quien te llama. No voy a recriminarte. Tranquilo.
Tampoco quiero echarte un sermón. Sólo necesitaba oírte. Quería sentirte cerca porque…me ahogo. De pronto el aire no quiere entrar y duele. Duele de una forma brutal.
No me resulta nada fácil saber que todo se ha ido al traste. No puedo concebir mi vida sin ti. Jamás pensé que algo así pudiera pasarnos. Nunca.
Tú eras para mí y yo era para ti. Siempre fue así y, ni siquiera ahora que sé que tomaste esa decisión, puedo dejar de pensar y de delirar contigo.
Es muy duro pretender continuar de forma normal sin tu presencia. Cada paso que doy entre estas paredes me lleva a ti, mi querido Eugenio, a tu recuerdo constante. Cada uno de los rincones de la habitación somos nosotros. En cada despertar siento una opresión intensa en el pecho, como si fuese la última vez que pudiese tomar aire. Definitivamente, imaginarte lejos es doloroso y triste. Duele de adentro a fuera. Como rompiendo las entrañas. Arañando y descarnando porque no sé vivir sin ti. No quiero vivir sin ti. No deseo siquiera intentarlo.
¿Cómo me dices que todo irá pasando? ¿Qué irá pasando?

Las estaciones pasan. Los años pasan como los días y las horas en el reloj. La vida pasa.
Pero nosotros no. Nuestra historia no puede ir dejando atrás los recuerdos como piedras que ruedan y se abandonan en la orilla, empujadas por las aguas de un río. Nuestra relación perduraría más allá de los tiempos. Como las colinas y los cerros. Como las brisas del verano y los atardeceres en los días otoñales. ¿Cómo dices ahora que irá pasando?
Y yo, ¿qué puedo hacer yo mientras tú sigues con tu vida? ¿Quizás morir? ¿Tal vez apagarme como una vela en plena corriente? ¿Deshojarme como una flor tras la primavera? ¿Claudicar y resignarme a tu adiós?

No me pidas que intente. No me ruegues que te deje ir sin luchar porque te juro que sin ti nada queda de mí.

¿Recuerdas Eugenio la cajita de madera tallada? La dejaste aquí. No sé si como una señal o por despiste, pero la dejaste. Nuestra cajita de los mil besos. ¿Te acuerdas? Así la bautizaste. Mil besos llenos de estrellas. Eternos y suaves. Maravillosos besos repletos de alma y de entrega en nuestra ciudad. En Estambul. La cajita de madera colmada de intensos y únicos besos. La compraste en nuestro primer viaje y me prometiste que siempre portaría nuestros besos, como símbolo de una unión imperecedera. ¿Cómo pudiste dejarla?

Siempre te creí. Cada letra de cada palabra que me entregabas la creí. Cada poema escrito. Tus canciones y tus dedicatorias. Las flores. Aquellos preciosos ramos de flores. Las cenas en la intimidad. Llenaste la cajita y ahora me la dejas como una tortuosa presencia de lo que un día dijiste sentir por mí. Y en este momento ¿qué se supone que debo hacer con nuestra cajita? ¿Qué hago con cada uno de esos inolvidables momentos junto a ti? ¿Cómo sigo sin que el daño me martirice como lo hace? El dolor castiga sin tregua, con saña.

Fuiste mío y aunque digas no sentirme, sé que eso es imposible. Siempre lo hicimos al unísono. Sentir. Los dos. Juntos. El uno y el otro siendo una carne. Cuando dos almas se han fusionado como las nuestras, las despedidas sólo se dan al final del camino. Ése que íbamos a andar de la mano por siempre.

No Eugenio. Me niego a aceptarlo.
Tendrás que regresar a mis brazos porque lo que te otorgué con el corazón no puede tener otro dueño. Tú y siempre tú eres y serás el único. Mi gran amor. El que jamás se borrará de mis entrañas. El que estará por siempre impreso en mi piel.

Dices querer vivir tu vida ¿Y en qué te estorbo yo? Jamás fui piedra incómoda en tu zapato o molesto obstáculo en tu caminar. Más bien fui ese remanso de paz en donde descansabas a la vuelta para reponer fuerzas. Yo soy eso. ¿Lo has olvidado? Soy tu puerto de recalada. Tu cómodo cobijo de quietud. Tu verdadero hogar.
Vivir tu vida pero… sin tenerme cerca, sin estar a tu vera. Es tan irreal lo que ahora propones que estoy empezando a pensar que mañana, cuando despierte, todo será un oscuro y terrible mal sueño.
Y seguiré aquí. Tú lo sabes Eugenio. Sabes muy bien que estaré esperándote. Porque no puede ser de otra manera. Yo aguardaré tu llamada. Anhelaré tus palabras y soñaré con tus besos y tus caricias hasta que vengas de nuevo a esta casa. A este cuerpo que te pertenece y que te esperará eternamente.
No olvides nunca lo que siento por ti. No olvides jamás que te amo y te amaré. Siempre. Por siempre. Te quiero.
Tu Armando.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii



Pepa González

martes, diciembre 15



Te deseo que estas Fiestas Navideñas sean inolvidables para tus hijos.

Que encuentres el tiempo suficiente para pasarlo con ellos y deleitarte con su compañía.

Que saborees junto a ellos el valor de las caricias y de los abrazos, de esos que estremecen por lo que llevan implícito.

Háblales desde el corazón y vete más allá de un simple presente.

Empieza de nuevo si es preciso.Tienes lo más grande que se puede poseer: una familia.


No creas que es tuya y que sencillamente te la mereces. Piensa que es una preciada joya, algo infinitamente hermoso que sólo algunos pueden disfrutar.


FELIZ NAVIDAD A TOD@S

sábado, diciembre 12

Me la pintaron en verde y aún así brilla desplegando su belleza

En las oscuras y gélidas noches de la Real Villa de Teguise, primera capital insular antiguamente conocida como Gran Aldea de Acatife, el rocío y su helado aliento se imprime como un tatuaje en la piel del espectador que contempla su majestuosidad.
Es de noche y en la madrugada cuando las ánimas y los sones de otras épocas afloran descubriéndonos un rincón único pleno de historia de pobladores majos, de señoríos y soldados normandos, de aires coloniales, de piratería, de escribanos y monjes, de nobleza.
En medio de esta belleza muda la serenidad, en ocasiones, resulta apabullante.
Su soledad llega a transmitir un frío intimidatorio.
La dama de noche vigila y se muestra para deleite de este enclave sin igual. Su altivez insultante me genera de pronto una inmensa ternura. Pepa González
















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