martes, febrero 22

Humanidad ¿Dónde te has escondido?










¿Pero qué diablos le pasa al género humano?






No les basta con las guerras, ni con los fenómenos atmosféricos que devastan el planeta gracias a la contaminación, ni con la ceguera generalizada ante la mortandad de miles y miles de personas gracias a enfermedades y hambrunas. No les basta. Castigan de forma gratuita a quienes no pueden defenderse, a quienes no pidieron venir a este mundo para sufrir. Hoy en el programa de Juan Ramón Lucas de RNE, el baja a un matrimonio español que adoptó un niño de dos años en Rumanía para luego pegarle y pegarle y pegarle hasta que a la edad de 7 años su madre adoptiva lo deja en coma por una paliza en donde le rompe - literalmente - la cabeza...por no hacer los deberes. 45 años pide el fiscal para ella por engendro de la madre natura y a él por hacerse el que no ve, el que no siente, el que no padece y dejar que su compañera, la bestia parda, le diera de leches a la pobre criatura. Y las autoridades no tomaron medida en su momento....el menor pasó en el último año en cuatro ocasiones por centros médicos por hematomas varios, rotura de un diente, fracturas......



Asco. Hoy siento repugnancia y Asco. Un Asco tan enorme que se me ha colado desde el cerebro hasta la garganta y de ahí al estómago para revolverme y gritarme una vez más que en ocasiones, como el día de hoy, me da Asco pertenecer a este género. Asco de pensar que alguien que respira como yo, que anda como yo, que se supone que piensa y tiene entendederas como yo.....es capaz de tamaña aberración. 45 años. 45 años por destrozar durante unos años la vida de una criatura y por convertirlo en un vegetal. 45 años. Déjenmela a mí y entonces, ella deseará esos 45 años de reclusión porque si yo la trincara los 45 años serían un paseo por el Edén.

Ahhh, Si yo la trincara.

sábado, febrero 12

MAREA REVUELTA

Cuando los vientos del sur sacuden con fuerza la costa, la marea se revuelve de abajo hacia arriba y más que susto me da frío. Haga solajera o las nubes ennegrecidas atraviesen el cielo, tengo frío. Lo mismo da que sea pleno verano o estemos de lleno en el invierno, trinco una chaqueta, me calzo zapato cómodo y agarro la cámara para atrapar ese infierno azul que lo único que me provoca es friolera y acurruque.




































jueves, febrero 10

Félix Lope de Vega y Carpio

Fénix de los ingenios y Monstruo de la Naturaleza





Desmayarse, atreverse, estar furioso,




áspero, tierno, liberal, esquivo,



alentado, mortal, difunto, vivo,



leal, traidor, cobarde y animoso;



no hallar fuera del bien centro y reposo,



mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,



enojado, valiente, fugitivo,



satisfecho, ofendido, receloso



esto es amor, quien lo probó lo sabe.







Lope de Vega




miércoles, febrero 9

Shinichi Maruyama

SHINICHI MARUYAMA
La fotografía ha sido una parte muy importante en la vida de este artista nipón. Comenzó retratando montículos de tierra de su ciudad, Nagano, para luego desarrollar su pasión por la fotografía en la Universidad de Chiba. Trabajó como fotógrafo de publicidad en agencias en todo el mundo creando campañas publicitarias de gran prestigio. Como freelance se dedicó a documentar la situación y paisajes del Tíbet.
Su fascinación por el líquido y sus posibles esculturas le ha llevado a exponer en Paris, Suiza y Nueva York donde reside y sigue experimentando formas en la actualidad.
















martes, febrero 8

AL OTRO LADO DEL ARCO IRIS.

Apretó con fuerza la cuartilla entre los dedos. La arrugó y manoseó. Lo hacía como un autómata, sin advertir que estaba a punto de romper aquella nota. El escrito que ella le dejó y que después de leer se le clavó justo en medio de las costillas, provocándole un sabor de amargor, de amargura, de rabia y de asco; todo bien mixturado como combinado en una coctelera. La pequeña misiva con clara imagen de unas lágrimas que cayeron sobre el papel deformando la grafía de algunas letras; la A, la O. Desdibujadas. Igual que se había quedado ella. Sin contorno visible, en sombras.


Y tomó otro sorbo de whisky dejando que los lloros brotaran de aquel cuerpo malherido al que habría deseado no tener como propio. Trató de leer de nuevo en voz alta la breve despedida que le entregó el portero del edificio, la carta manuscrita que le propinó el mayor golpe jamás recibido. Pero no fue capaz. La voz se le quebraba al intentarlo y cada sílaba sonaba tan lejana y honda que dolía de una forma brutal. Incapaz de leerla a viva voz, incapaz de leerla siquiera en silencio.



Los ojos le bailaban nerviosos de un lado a otra de la cuartilla, enloquecidos, en trance. Mientras, el alma le pesaba como un plomo y sentía que se le desmoronaba el cuerpo desplomándose en mil pedazos, como un lego tras el empujón de la mano de un niño. Todo era tristeza y soledad, angustia. Asco hacia él mismo. Hacia todo lo que él representaba. Sufrimiento y asco.



Luego de recibir aquellas letras hubiese dado todo por entregarse de nuevo en cuerpo y alma a ella. Por dar hacia atrás a las manecillas del reloj para enderezar todo cuanto había torcido. Pero ya era tarde.



La sedujo. Convirtió su conquista en un juego hermoso al que dedicarle infinidad de horas. La doblegó y la hizo sucumbir para saborearla, para poseerla. Y fue feliz. Inmensamente feliz a su lado. Lo sabía y lo disfrutó segundo a segundo. Pero tenía tan arraigado en su interior el aislamiento que no era capaz de darse. Ni siquiera, teniendo la certeza de que ella era la única que podría borrarle la etiqueta de anacoreta que había ido labrándose con los años.

Su lema: mujeres todas. Rubias, morenas, pelirrojas, castañas, altas, bajas, delgadas, voluptuosas. Todas las que quisiera, sí, pero siguiendo una máxima convertida en ley, en su propio código: jamás compromisos. Debía seguir libre para hacer y deshacer a su antojo. Necesitaba alejarse de las ataduras, de los convencionalismos y de los patrones mil veces dibujados y estructurados como sellos de normalidad. En una ocasión le hicieron daño y lo llevaría como un lastre el resto de su vida. Una vez y nunca más. Sería él quien decidiría con quién y cuándo, apuntando desde el principio el cómo: sin cadenas.



Pero apareció ella alumbrándolo todo. Mirando de frente. Entrando sin permiso. Penetrando en él mientras dejaba caer suavemente los párpados en un fotograma de ensueño. Mirada y ojos que le ocasionaron todo tipo de reacciones encontradas. Y de entre todas ellas la más fuerte y arrolladora: el amor. Y la amó durante cien días. Fue de ella y sólo de ella durante tres meses y diez días. Tiempo más que suficiente para percatarse de que el peligro acechaba esta vez con más fuerza que nunca. Y se puso en guardia. Quiso retomar su vida abandonando aquel paraíso en 3D que empezaba a bañarlo todo, a inundarlo absolutamente todo con su aroma y sus suaves notas deslizándose y rellenando el espacio.

Cien días y un adiós.

Sin explicaciones, sin ataduras. Sin compromiso, pensó. Sin cadenas, se dijo. Con sufrimiento, ahogándose en su propia decisión. Con dolor inmenso.



Volvió a servirse otro whisky y degustó con repugnancia el brebaje anti dolor que se había prescrito desde hacía unas horas. Miró la única fotografía de ella que aún tenía en el móvil tras borrar todas las que le recordaban aquellos cien inolvidables días. Dejó vivo el retrato que le sacó el último domingo, aquella foto robada después de levantarse somnolienta en donde se negaba con la mirada a regalar su alma a la cámara. Llena de frescura, belleza, inocencia, alegría. Llena de aromas a dicha e ingenua del dolor que le propinaría esa misma tarde. Ajena al adiós final y al fin de aquella novela con desenlace fatal.



Respiro profundamente, el aire se llenó de pena y el frío recorrió todo su cuerpo. Desdobló la cuartilla y dejó que fuese ella quien leyese. Su voz. La de ella. La tierna entonación que recordaba de las últimas noches que estuvieron juntos. Esa voz que sabía no dejaría de oír jamás mientras viviese.







A ti:
Mi gran y único amor.


Llegaste despacio como una brisa suave en días de bochorno y me miraste. Entraste en mi vida por alguna pequeña grieta rompiéndome, debilitándome. Te expandiste hasta llenarlo todo para después...vaciarme. Ahora estoy sin vida y sin aliento. No dejaste nada aquí dentro. No dejaste nada por lo que seguir. Te esperaré más allá, al otro lado del arco iris. Allí donde aguardaré tu regreso, hasta ese momento en que volvamos a ser uno. Emplearé la misma grieta por la que me invadiste y llenaste mis días con cálida luz, para ir derramándome hacia la oscuridad. Adiós amor, mi gran y único amor.











GUANCHES DE CANDELARIA




Guanches:


De forma genérica distintos pueblos bereberes que habitaban las Islas Canarias antes de la conquista castellana, entre 1402 y 1496.


La isla de Tenerife estaba dividida en 9 reinos o Menceyatos, gobernados cada uno de ellos por un Mencey. Las esculturas de bronce que bordean la costa en Candelaria representan los nueve últimos Menceyes: Acaymo, Mencey de Tacoronte; Adjona, Mencey de Abona; Anaterve, Mencey de Güímar; Bencomo, Mencey de Taoro; Beneharo, Mencey de Anaga; Pelicar, Mencey de Icod; Pelinor, Mencey de Adeje; Romen, Mencey de Daute y Tegueste, Mencey de Tegueste.













































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