jueves, marzo 17

UNA DE ESAS SEMANAS.


Hoy tengo uno de esos días que contribuyen a la cimentación de una semana marchita. Y por mortecina y deslucida, queda bien claro que no es mi mejor semana. Sé que no lo es porque a pesar de estar satisfecha con lo que la vida o el que mueve los hilos ha tenido a bien regalarme, estoy en una de esas semanas en que para arrancarme una simple sonrisa cuesta. No suelo tener muchas semanas como ésta. Normalmente estoy más alegre, más afable, más comedida y más conforme con todo lo que se me va plantando delante del cuerpo pero, esta semana no es una de las buenas. No. Es una de las excepcionales por poco habituales. Así que en vez de hundirme en la oscuridad de las miserias, aprovecho este momento, llamémosle “alfa α”, y le saco todo el jugo que tienen estos días en que un rictus de seriedad desdibuja mi cuerpo, desde los ojos hasta los andares. Me recreo en las malas pulgas que genero por todos los poros de mi piel. Me distraigo analizando comportamientos ajenos que me traen lástima (un sentimiento nada común en mi diccionario vital por la condolencia que lleva implícita y que tanto detesto). Otras muchas veces, las palabras y los gestos externos, sencillamente me producen aversión.

No sé si son las hormonas; ese natural baile hormonal hacia arriba o hacia abajo que por temporadas me destartala, tal y como dicen algunos al verme la mirada incisiva. No sé si es la proximidad a entrar en una nueva década; la del cuatro. No sé si es el no poder echar un vistazo a las caras de mis padres como antes, hablarles como antes, discutir con ellos como antes… por imposibilidad material, por inexistentes. No sé si es el invierno o la proximidad de la primavera que tanta sangre dicen que altera. No lo sé ni me importa. En semanas como ésta, poquitas cosas me importan. Se esfuman los intereses que en otras épocas me colmaban. Se concentran todas mis entendederas en la repugnancia crasa hacia los actos y los comentarios de una gran mayoría de la humanidad. Sensaciones de tedio, desgana, desinterés, hartera, apatía y el más supremo de los sentimientos: asco. Esa antipatía visceral que me sobreviene y me inunda en semanas como ésta.

Porque siguen habiendo conflictos bélicos por el único hecho de hacer valer derechos universales que han sido enterrados en favor de tiranos, a los que el resto de la humanidad hace oídos sordos y ojos ciegos; aplausos globales a déspotas autócratas opresores de la sensatez; caen en desgracia las tierras niponas; continúan las enfermedades mortales arrasando la población en el África profunda y las revueltas en el mundo árabe suman defunciones; Haití aún está hecha un reguero de inmundicia; los cárteles de Méjico asesinan sin tregua; la pobreza en Argentina toca vértices inimaginables; Filipinas y Tailandia se perpetúan como el prostíbulo del primer mundo; coexisten guerras en Centroamérica – Sierra Leona – Palestina; inestabilidad y enfrentamientos tribales en Zimbabue, Costa Marfil, Sudán; devastación en Iraq, Venezuela, Paquistán; en Afganistán se fuman su futuro con canutos de heroína y los niños se alimentan a base de ese humo pestilente que sus madres escupen sobre los impúberes rostros; en España se intenta desviar con simplezas televisivas la atención de un pueblo que mal subsiste en crisis desde hace ya un quinquenio; el número de víctimas por violencia doméstica aumenta; los centros socioculturales-iglesias-ONGs se ven desbordadas por la afluencia de ciudadanos en la más brutal de las pobrezas; nuevas redes de pederastia son descubierta; en Canarias más familias se suman a la lista de indigentes que se alimentan de los restos rateados en contenedores.

Y se me caen al suelo todos aquellos en los que tenía puesta esperanzas. Se me abren las entrañas como fosas en donde enterrar a todos los que un día prometieron o se vislumbraron como portadores de honradez y, hoy día, son meros títeres que agarrados a la madre mama siguen haciendo lo propio, con sordera y ceguera crónica. Y el asco vuelve a aparecer dándome de lleno, increpándome lo estúpida que he sido por creer que había gente seria y que los principios continuaban en alza.

Porque me guste o no, la vida continua llena de ingratos, de descerebrados, de impertinentes y de ignorantes. De profesionales que venden su alma y sus principios por el maldito y poderoso caballero “Don Dinero” y de indocumentados (como suele llamarlos mi querida hermana mayor) que tienen la desvergüenza de ejercer sus funciones presumiendo de virtudes que madre natura no quiso regalarles. Personas que hacen sorna constante de cualquier atributo externo y ajeno que no entre dentro de lo estereotipado como normal. Porque tengo que ser testigo de situaciones como la vivida hace unos pocos días, en donde fantoches presuntuosos de ambos sexos se burlan de un joven por el timbre aflautado de su voz, buscando un centro de dianas para olvidar sus pestilentes, anodinas y empobrecidas vidas. Porque se perpetúa la máxima de que en tierra de ciegos el tuerto es rey. Porque me veo rodeada de inmundicia. Siento asco y desapego hacia una sociedad donde la cáscara brilla más que el contenido. En la que no se da tregua ni interesa conocer de cerca al que tenemos enfrente. Una colectividad en que el respeto por el individuo se ha incinerado junto con el buen gusto y los principios de humanidad.

Y ahogada en esa náusea permanente que llevo arrastrando estos últimos días, he tomado la decisión de darle la espalda a esta semana, voltearme y tomar aire para que salga la bazofia que me entró sin permiso, girarme y mostrarle al mundo que me rodea con este gesto simplón pero lleno de intenciones, mi más absoluto descontento por un mundo desnaturalizado, egoísta, ingrato, narcisista, comodón, indiferente, cruel, salvaje, sucio… y mil y un calificativo con los que podría vestir la sociedad que me ha tocado vivir, para mi gran desgracia.

Así lo haré. Le retiraré la mirada. E inyectaré en mis oídos, como si de una medicina prescrita para purgaciones extremas se tratase, la fabulosa voz de la Piaf tarareando al unísono: “Non, rien de rien, non, je ne regrette rien, ni le bien qu`on m`a fait, ni le mal, tout ca m`est bien egalllllllll,,,,,, non, rien de rien, non, je ne regrette rien ….”

Y rezaré para que pase la semana y la realidad que veo hoy con nefasta clarividencia se diluya, devolviéndome a ese plano espiritual y mental en el que el Dios Júbilo posee su tronío.





 



miércoles, marzo 9

Sabiduría India

Los cherokees de Arizona sólo celebran el cincuenta cumpleaños. Creen que a esa edad dejamos de ser adolescentes y comenzamos a ser "Jovenes Adultos".

Los adultos se distinguen de los adolescentes no por lo que dejan de hacer, sino por lo que comienzan a hacer:

TRANSMITIR CONOCIMIENTOS.



Me temo que nos queda mucho aún por aprender...

Entrada destacada

Taller de Radio en colegio Sta. María de los Volcanes Nazaret.

La radio es vida, alegría, diversión y frescura.  Hoy hice el programa "La Maresía" por la mañana con el director de la radio Tías...