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miércoles, agosto 1

Anna Ajmátova - Poesía






(Anna Andréievna Gorenko; Bolshoj, 1889 - Komarovo, 1966)
Poetisa rusa.

Fundó, junto a los poetas N. Gumiliov (con quien se casó en 1910) y Serguéi Gorodetsky, el movimiento poético ruso conocido como "acmeísmo"
que constituyó una reacción contra el misticismo decadente del simbolismo,
en favor de las imágenes concretas y la realidad inmediata.
De métrica conservadora, su concepción de la rima es enteramente clásica,
herencia directa de A. Pushkin, su gran maestro.
La poesía de Ajmátova es un perpetuo diálogo con la tradición poética en la que se inscribe
 Horacio, Dante, W. Shakespeare, A. Pushkin y
con sus contemporáneos:
O. Mandelshtam y T. S. Eliot.

Durante muchos años fue silenciada por el régimen soviético. Sus poemas se prohibieron y fue acusada de traición, luego deportada.
A su regreso a Leningrado, en 1944, produjo su obra más importante, "Requiem", publicada en 1963. En 1965 fue nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford.



"El correr del tiempo", su última obra, es un balance de su trayectoria de 1910 a 1965.




Casi para un álbum




Al escuchar un trueno, me recordarás


pensando: ella añoraba las tormentas…


En el cielo la franja será escarlata ardiente


y abrasará el corazón, como antes.


Eso ocurrirá un día en Moscú


cuando abandone la ciudad para siempre


y retorne al anhelado hogar


dejando entre ustedes sólo mi sombra.





Primera advertencia



Qué nos importa al fin y al cabo


que todo se convierta en ceniza,


en cuantos precipicios canté


y en cuantos espejos viví.


Que no sea yo sueño ni consuelo


y mucho menos paraíso....


Tú me has inventado. No existe en el mundo




alguien así. No podría existir.


Ni los médicos curan ni los poetas alivian,


la sombra de un fantasma te perturba día y noche...


La noche sorda se erguía alrededor, como un muro.




¡Entonces mi voz te llamó!


¡Qué hice! Yo misma aún no lo entiendo.


Y tú llegaste a mí como una estrella conocida,


huyendo del trágico otoño,


hacia aquella casa desolada para siempre,


de donde salió una bandada de poemas incinerados





Estamos tan intoxicados uno del otro...



Estamos tan intoxicados uno del otro


Que de improviso podríamos naufragar,


Este paraíso incomparable


Podría convertirse en terrible afección.


Todo se ha aproximado al crimen


Dios nos ha de perdonar


A pesar de la paciencia infinita


Los caminos prohibidos se han cruzado.


Llevamos el paraíso como una cadena bendita


Miramos en él, como en un aljibe insondable,


Más profundo que los libros admirables


Que surgen de pronto y lo contienen todo.




Llegué a visitar al poeta
A Alexander Blok




Llegué a visitar al poeta


Exactamente al mediodía, un domingo.


En el cuarto espacioso reinaba el silencio


Afuera, en la calle, hacía frío.






Un sol agradable se paseaba


Sobre el tupido humo grisazul...


El poeta me miraba fijamente,


En silencio, como un gran anfitrión.






Es mejor ser cuidadosa


Y no mirar nunca a sus ojos;


Son ojos tan extraños


Que jamás se pueden olvidar.






No olvidaré ese encuentro


Aquel brumoso mediodía de domingo


A las orillas del Neva


En una casa grande y gris.






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