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lunes, diciembre 17

FROHE WEIHNACHTEN!

En estos días de sentir profundo y aromas de festejos les deseo
¡Feliz Navidad y Próspero año nuevo!






Ahí les dejo mi esperanza sincera, profunda, sentida y desde el corazón.

Llegan las épocas navideñas y se supone que una debe andar eufórica. Contenta por el encuentro con los allegados si andas en la lejanía; contenta por compartir bienaventuranzas con todo hijo de vecino; contenta porque son unos días en que se “es más cristiano que el propio hijo del Altísimo”; contenta por degustar viandas propias de una fecha única y especial; contenta por…

Contenta. Debo estar contenta.

Ojalá y se me metiera esta frase en el cerebelo y viese todo desde el prisma “Contenta”. Porque a mí, como si se tratara de un revulsivo, lejos de deseos de conmemoraciones, lo que me arranca de cuajo cada llegada de Christmas Time es un: Ya diosss!!! con esa "S" extendida que dejo en el ambiente, como una voz llena de significado para quien coja al rolazo lo que quiero figurar con tan breve enunciado o para quien padezca esta fecha de idéntica forma en que la sufro yo misma, intuyendo en la frase la expresión que detalla un sentimiento plural y compartido.

Y en ese diosss, en minúscula, no hay ánimo alguno de mentar la figura del personaje del credo espiritual que a tantos alienta y reconforta. No lo hay porque en mí jamás esas cuatro letras obraron hacer el maravilloso milagro de prenderme la luz del camino. Y disculpen todos aquellos que sí han recibido la llamada y reflexión de Padre Dios en sus carnes por leer a una No Practicante, ya que podría traerles mis letras algún mal sabor de boca con regusto a mujer falta de pilares. Y debo decir que quizá sea un déficit en mi vida no tener a quién anclarme excepto a mi propia conciencia. Más aún, dejo el quizá en stand by para asegurar que, sin lugar a dudas, es un carencia en toda regla pero me siento bien con ella y la conozca desde hace tanto que, hasta me hice su amiga.

Están en su derecho, creyentes de arraigada fe, de dejar aquí la lectura y pasar página. Jamás les culparía de hacerlo. Mi talante liberal se apartó siempre de culpar a nadie por decisiones tomadas bajo una reflexión concienzuda o por adoraciones a una u otra estampa representativa de religiones. Pero en estas fechas tan especiales y que a tantos completa, cual pavos a la espera de un buen relleno, yo me siento más sincera que de costumbre. Agárrense los machos que ahí va toda una declaración de principios:

No creo en Deidad alguna. Menos aún en un Todolopuedo ¿o es Todo Poderoso?. Da igual.
No, no creo. Creo en el individuo y el poder de sus actos. Creo en la Humanidad. Creo en hacer las cosas bien por el bien de todos. Y me viene de niña esto de evitar ponerle nombre a lo que para mí es simplemente Conciencia. Porque ya desde chica me hacía ciertas preguntas a las que nunca encontré respuesta válida. Muchas preguntas. Recuerdo sobremanera una, la que tenía por protagonista a un pequeño niño centro africano que moría hambriento en cada vídeo del Domund. Ya de chiquilla me barruntaba yo que algo no podía ir bien en este dogma tan extendido si el Dios, que se supone todo lo podía, dejaba morir siempre al mismo niño de piel chocolate, año tras año. Ese Dios grande, bueno, único, y que debíamos escribir con mayúscula, igual que se escribían las capitales de ciudad, los países y los ríos tan lejanos e imaginarios en tierras conejeras.

Madre - la mía no la del Altísimo - en vez de hacerme callar ante tal atroz interrogante se acercaba a tertuliar con las madres dominicas para relatarles y hacerles entender que su hija, la más chica, era muy despierta, curiosa e incluso, denotaba algo de inteligencia, que era propio de la naturaleza de alguien avispado que se hiciera según que preguntas, en este caso, sobre la ingesta escasa de un niño al que veía deteriorarse en vídeo impactante cada época navideña. Siempre el mismo niño. Y esto llevaba implícita otra reflexión infantil respecto a las diferencias económicas de los países, porque no me cabía en la cabecita que unos tuviéramos tanto mientras el Salvador, el mayúsculo, permitía que aquel niño famélico me enseñara sus ojos lacrimosos, sus moscas alrededor de la boca y su tripa inflada por a saber qué parásitos de aguas sucias. Lo único que tenía claro es que la criatura deteriorada no aguantaría otro año más aunque me quisieran convencer de que con mis dineros, mejor dicho el de mis progenitores, sí lo lograrían. Tenía claro que el sistema no me parecía justo, el mundo no lo era y el generoso padre de nacido en el establo, tampoco me parecía trigo limpio.

Padre, el que me engendró, decía que no se debían permitir injusticias ni quebrantos. Madre, la que sufrió mi crianza, que hiciéramos el bien sin mirar a quién. Las teorías de casa eran más justas que las que organizaban el mundo exterior al que empezaba a conocer de a poquito y, si en mi domicilio esos dos referentes que tenía como padres hacían las cosas tan bien, no entendía por qué afuera, el que todo lo hace, el que todo crea, el que da cuerda al reloj universal, no era capaz de seguir los principios básicos del orden para evitar notas discordantes en las economías internacionales y, fundamentalmente, para que aquel niño moreno, al que tuve el gusto de bautizar al más puro estilo católico como Kunta después de reconocerlo en el tercer vídeo del ORFM (organismo recauda fondos para miserables) y al que decidí tratar como a un vecino conocido, no falleciera debido a la falta de nutrientes y líquido elemento, tan habitual en mi entorno y tan espejismo en el suyo, en el de Kunta.

En fin, que como se me está haciendo costumbre, inicio por un tema y continúo con algún otro que traído a colación eclipsa el principal. Hablaba yo de la Navidad y la contentura que tendría que ofrecerme tanta luz ambiental nocturna, tanto Papá Noel con atuendo colorado, tanto Rey Mago y tanto pesebre. Pues no. No me trae contento, no me alegra ni un ápice, no me gustan desde hace años, no me entusiasman los villancicos ni los deseos de solidaridad revestidos de polvores, peladillas, turrones y mantecados. Porque entiendo que la solidaridad, la humanidad, las buenas obras, la caridad, el corazón noble y las ganas de mejorarlo todo tienen que brillar todo el año y no veinte días de los trescientos sesenta y cinco que componen el calendario. Porque al vecino habría que echarle un cable cuando lo requiera y no porque el almanaque marque diciembre. Porque no son santos de mi devoción todas esas delicatessen propias de la última celebración del año, alérgica como soy a cualquier fruto seco y poco amante de las uvas excepto si son licuadas y convertidas en zumo. Porque la doctrina cristina de bien obrar, de no dañar, de actuar conforme a la buena voluntad, de no mentir, de ser recto y serio, de tener como referente la justicia, de desear mejorar nuestra sociedad, esa doctrina de las buenas gentes no necesita de fecha ni celebración dogmática cuando uno lo siente en sus propias entrañas.

No, no siento la navidad. Hace mucho que no me entretiene, que no la espero, que no deseo su llegada, que no necesito motivo para tomarme una copa de champán o un buen vaso de vino, que decorar la casa con renos o el árbol con guirnaldas y bolas se me presenta una purgación, que me encantaría cerrar los ojos fuertemente un veintitrés de diciembre y abrirlos pasadito el seis de enero, que desde hace exactamente dos mil quinientos cincuenta y cinco días…la vivo con una falsa sonrisa de profidén pintada en rostro porque tengo un hijo de siete que la espera con la alegría propia de la infancia que anhela presentes bajo el árbol. Y que seguiré haciendo el teatro cada navidad hasta que mi hijo tenga las suficientes entendederas como para intuir que a su madre, lo mismo le da que le da lo mismo, estas celebraciones antaño familiares y ahora comerciales.

Pero no quiero dejarles sensación de que ésta que redacta no tiene buenos deseos que derramar en esta ultimísima columna del Crónicas de Maxorata, vaya a tomarse represalia el Director de esta páginas y me clausure el rincón de postigo abierto a la isla de la Fuerte-ventura. Nada más lejos de mi intención que dejarles en la retina la imagen de ser mujer carente de entrañas.

Esperen.

Esperen un segundo.

Ahora me cuelgo la sonrisa de anuncio televisivo y con entusiasmo e ímpetu, con sinceridad, desde lo más profundo de mi órgano motor, para todos aquellos que aman esta temporada invernal:



Que ustedes lo pasen de fábula.

Que coman y beban a destajo.

Que la salud les haga de compañía, o sea que: ¡Feliz Navidad y Próspero año nuevo!



Pero recuerden, pórtense bien lo que resta y no dejen que Kunta pase jilorio, que el año es grande y la navidad, muy corta.



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