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jueves, septiembre 12

DON LUIS IBÁÑEZ (I)

Hoy tuve la fortuna de recibir en mi despacho a una fabulosa mujer, Bárbara Leggett, compañera de un hombre extraordinario, al que ambas hemos mentado largo rato por el gran querer que le profesamos, Don Luis Ibáñez, arquitecto y pintor, artista entrañable, magnífico conversador, talentoso visionario que supo hacer de esta isla de Lanzarote su taller más querido y personal.
Y me contaba Bárbara algunos datos sobre las relevantes intervenciones de su marido en las construcciones de esta isla:

- diseño de las Plazas de muchos pueblos entre ellos la de Yaiza
- diseño del ya famoso enclave de la Marina de Puerto Calero
- diseño de alguno de los móviles de viento que encontramos en las rotondas de Lanzarote
- diseño de la famosa Jaula que representa al Grupo hotelero Fariones y de todas y cada una de las chimeneas que, durante más de una década, se realizaban en cerámica para regalar a los clientes en fin de año
- restauración y rehabilitación de varias iglesias entre ellas la de San Bartolomé.

Y ahí se detuvo Bárbara para relatarme que, finiquitando el trabajo en esa magnífica edificación, Don Luis Ibáñez acordó con los albañiles colocar algún objeto personal de cada uno de ellos en los huecos que todavía quedaban por rellenar con cemento haciéndoles ver que, de esa forma tan curiosa, cada vez que contemplaran de cerca el edificio tomarían como propio aquel rincón de oración. Y así fue como él se sacó de la muñeca un reloj regalo de su propio hermano que portaba desde hacía veinte años, lo introdujo en el hueco que tomó como suyo y luego empastó y cerró con cemento dejando allí parte de su histórico, de su persona, por siempre. Otros hicieron lo propio al día siguiente, objetos de toda índole incluso carta primera de amor recibida en juventud dejó alguno. De la misma forma en que habían entregado trabajo, entusiasmo, sudor y horas en la reedificación de la iglesia de San Bartolomé, incluyeron entre sus gruesos muros de piedra parte de sus vidas y de sus espíritus.
Un único tesoro podría ser rescatado de aquellos cimientos empedrados: un número de lotería de Navidad en el supuesto de que saliera premiado, en cuyo caso la mitad se repartiría entre los obreros y el restante sería entregado a la iglesia por votación mayoritaria.  No hubo fortuna y quedó el boleto  en aquellas paredes indefinidamente.
 
Con la promesa firme de más historias y anécdotas vividas en la isla por Ibáñez de manos de mi amiga Bárbara, decidí llamar a esta entrada DON LUIS IBÁÑEZ (I) pues serán varios los posts que dedique a este gran hombre al que creo se le debería hacer un reconocimiento público, como figura valiosísima e imprescindible insular en lo referente a arquitectura, pintura y Arte en general. Sea. Más pronto que tarde. 

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