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miércoles, junio 4

La tinta de la memoria.

Pues resulta que andaba yo hoy loca buscando calcetines altos de color amarillo, beige o canelo (color café y leche, más leche que café) tal y como reza el último petitorio del colegio de mi hijo. Amarillos y altos, canelos y altos, beiges y altos porque así lo pautan los que orquestaron el musical anual infantil. Y en ese entrar y salir de mercerías y tiendas de ropa para enanos de jardín en busca del tesoro en formato medias de fino hilo, en captura de esa nueva utopía textil con colores y talles definidos, me doy de frente con Pejumae, una tienda local archiconocida en la capital conejera para copias e impresión y venta de material de oficinas.  En un instante que conseguí apartar de la testa el objetivo "compra de calcetines para el musical del niño", recordé que voy escasa de anillas para encuadernar mis últimos proyectos vitales - talleres de animación a la lectura y escritura creativa para niños y de creación literaria como terapia para adultos. Decido adentrarme con paso firme en el mundo Pejumae y tras saludar a los allí presentes, aguardo turno para hacerme con esos resortes en negro necesarios para confeccionar dossieres. Huelo el polvo de sus rincones, escucho los plotters en cadena y observo en sus estanterías, algo desvencijadas, todo un abanico de gomas, lápices, tintas, rotuladores, clips, pegamentos y cintas adhesivas. Entre tanto surtido – voilá -  los bolígrafos inoxcrom transparentes, con tapón estriado de cierre negro, de punta fina de acero, mis maravillosos bolígrafos inoxcrom, los de la infancia. Llena de alegría me retrotraigo en el tiempo y entro a sentarme en mi mesa verde claro frente a la pizarra oscura con marco de madera, en el pupitre de la alumna número quince, en la clase de Ciencias Naturales de la señorita Hilda (o Naturaleza, que también así la llamábamos), con mi inoxcrom entre los dedos, apretando fuerte para marcar mejor esa grafía rápida de niña impaciente y jiribillenta. Y me vuelvo hacia el encargado de Pejumae, sumida en regocijo, para contarle lo maravillada que estaba de aquel descubrimiento, de volver a los doce años, de los aromas a libros de Santillana que aquellos bolígrafos consiguieron traer a mi memoria en pocos segundos, del olor a colonia de Heno de Pravia con que madre me rociaba la cabeza peinada antes de salir hacia el colegio, del olor a tinta negra, a tinta azul, a tinta roja de los bolígrafos inoxcrom sobre mi libreta de cuadros. 
Respiro y compro uno, antes de pagarlo doy media vuelta y tomo dos más del estante para, finalmente, llevarme casi la caja entera de bolígrafos inoxcrom en tinta negra, mis preferidos, por aquello de retener en la actualidad esos pensamientos biográficos más allá de aquellas paredes ajenas. El encargado me mira sonriente mientras saca la cuenta a la chica de las anillas de dossieres y sus recuperados bolígrafos de tinta negra inoxcrom.

Y qué bueno regresar a mis años de niña, qué bueno regresar, qué bueno ser consciente de ese regreso, de la edad actual de una, de lo mucho que ha pasado entre medio. Qué bueno. Qué bueno estar viva y bailar en el tiempo a golpe de pequeños recuerdos vestidos de grandeza.
Hoy, por obra y gracia de mis queridos bolígrafos inoxcrom.
Mañana…mañana a saber qué o quién convertirá mi vida en un delicioso pasearse por la memoria. 



(Por cierto, el encargado que amablemente aguantó mi momento de éxtasis pueril resultó ser Vin, hermano pequeño de dos buenísimos amigos: Pico y el ya difunto y querido Chicho. Bonita la vida que nos reúne con quien desconocíamos para mentar a quienes se quiso y quiere bien, presentes o ausentes).





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