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viernes, enero 11

Rogatorio






Que el fuego
de tu Amor no sea un fuego fatuo.
Ilusión, mentira de fuego,
que ni prende en llamaradas lo que toca, ni da calor.
(anónimo)





martes, enero 8

RAZONES, MADRE, RAZONES.



Me advirtieron:
No ames más de lo que te amen a ti.

Entendí tarde:
Con los años descubrí que siempre  fui su bonito y silencioso objeto decorativo.



jueves, diciembre 6

...No importa quién borre el camino

Muchas veces me he preguntado hasta que punto las canciones de las princesas de Disney han hecho mella en las vidas de las gentes, de las gentes cursilonas, como es mi caso.

Tanto sueño amoroso, tanta dicha, tanto final feliz, tanto empalago de color pink para mostrarte, desde época impúber, el sendero que deberá ser tu vida sentimental futura.

Y a pesar de llevarse un@ el "leñazo padre" con el primer dolor de amor, y con el segundo, y con el tercero...en fin, con muchos de esos amores pasados o  no tan lejanos, las cursis seguimos rememorando letras y escuchando canciones de cartoons para agarrarnos fuertemente a las melodías del love dream musical, como tabla salvavidas del Capitán Amor. Así hacemos presente por unos escasos minutos los grandes amores idealizados que llegarán, únicamente,  en momentos de duermevela porque...

Si amor es el bien deseado, en dulces sueños llegará
No importa quién borre el camino, marcado está el destino...

Mi querido Walt, aún pasados los años no tengo claro si meterte fuego o reproducir de tanto en tanto tus letrillas a modo de copla desgarra entrañas yanky.







La Cenicienta de Disney * Soñar es desear


Soñar es desear la dicha


en nuestro porvenir.

Lo que el corazón anhela

se sueña y se suele vivir.



Si amor es el bien deseado

en dulces sueños llegará.

No importa quién borre el camino

marcado está un destino

y el sueño se realizará.

El sueño quizá seas tú.

No importa quién borre el camino

marcado está un destino

y el sueño se realizará.

martes, mayo 15

El Par



Si te digo que esto es cosa de dos…es que no caben más.

Si te aprieto fuertemente la mano y sientes que podría ser así por siempre…es que no caben más.

Si te miro y me miras, si nos miramos
y el resto desaparece…es que no caben más.

Si te enredo y me envuelves,
si te fundes conmigo,
si ambos nos convertimos en nada y en todo…es que no caben más.

Si las ganas nos pueden y nos reinventamos,
si perseguimos fantasmas y nos diseñamos,
si estoy, si estás…es que no caben más.

Cuando persistes y soy,
cuando eres y voy,
cuando sueñas,
cuando vuelas,
cuando crees, cuando de verdad lo crees.

Es lo que es. Es que esto, es lo que es.
Somos dos.
Y es que no caben más.

AUDIO CON LA RÉPLICA MARAVILLOSA DE GERVASIO SANTANA

http://www.youtube.com/watch?v=z9cWT6e14Gw&feature=youtu.be

lunes, diciembre 12

Soñando con cielos




Recostada en el silencio, bañada por la soledad

contemplo bendecida colores,

belleza única de un cielo colmado de algodones.



Suspirando por el venidero instante,

por los abrazos, por los susurros, por amarte.



Esperando retornos de un corazón extraviado

que sin permisos y de madrugada

decidió alejarse en busca de lo soñado.



Cielos llenos de azules, de blancos, de púrpuras chispeantes.

Cielos de amor. Cielos de amantes.

Cielos de alegrías, de deseos, de romances.

miércoles, agosto 17

ELVIS A LA DERIVA








(No puedes dejarme en este abismo donde no soy capaz de encontrarte. ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!


Heathcliff. Cumbres borrascosas de Emily Brontë)






Un año y sigues estando en todas las cosas, en cada rincón, en cualquier sombra y en casi todas las luces menos en las de neón, esas nunca te gustaron, lo recuerdo bien. Pero sí que estás en las de tono amarillento que parecen pedir auxilio de tan débiles y tristonas y, también en las que se enroscan nuevas en las lámparas del dormitorio brillando de forma deslumbrante hasta amoldarse a la estructura matriz, formando un solo cuerpo como un día tú y yo lo hicimos. Y en las luces callejeras que tanto te maravillaba retratar siempre que las líneas de la luminaria llamaban tu atención. O en las que alumbran la entrada a viviendas o las de salidas de las salas de cine. Te gustaban las luces porque tú eras, y sigues siendo, la luz. La auténtica y única luz.



Debí darme cuenta antes. Desde que miraste distinto. Desde que hablaste distinto. Mucho antes. Y si me repito diciendo que no lo vi llegar, es porque siempre fui un cobarde. Un maldito cobarde que prefirió agarrarse a un fantasma en vez de mirar de frente al horror y a toda la vorágine de dolor que lo acompañaba, a esa espiral de engaños y miedos subyacentes. Ahora repaso los días como ladrillos de una edificación centenaria que se van derrumbando con calma pero sin pausa. El amor se esfumó y quedó en el aire la niebla mustia de ese sentimiento. Aunque no me lo dijeras nunca, hoy día soy muy consciente de que se evaporó igual que se evapora el agua en plena ebullición, perdiéndose y abandonando su cuerpo. Se te fue el amor del mismo modo que se disipa la oscuridad con la llegada de los rayos de sol. Y te fuiste un día, hace ya un año, para no regresar. Imagino que todo lo pensaste bien, perfectamente bien antes de recoger y marchar porque, te preocupaste y mucho de salir con tus bultos de una sola vez, evitando verme de nuevo y contemplar de frente a este temeroso desecho, al hombre lúgubre, débil y acongojado que dejabas herido de muerte.



Ya lo decía el refranero que tanto te gustaba emplear: "Claridades de la calle, oscuridades de las casas". Claridades de la calle porque afuera todo parecía ir bien, mejor que bien. Con la única excepción de que, en esta ocasión también era yo uno de esos extraños que no eran capaces de ver la oscuridad, la negritud que merodeaba nuestro hogar y nuestra vida.



Escuchando las letras de Elvis tú te convertías en melodía, en verdad. Antes adoraba a Elvis y a esas baladas melosas que acariciaban con cada nota, convirtiendo los minutos en Films en blanco y negro, en sonrisas perfectas y tupes brillantes.

“Love me tender…love me sweet…never let me go. You have made my life complete…and I love you so…”.



Es cierto. Antes me gustaba mucho Elvis. Y me pregunté un tiempo en qué parte de la melodía decidiste presionar el pause dejando el reproductor en silencio. ¿En el “sweet” que siempre te resultó empalagoso o en la parte en que te decía que te quería como a nada en el mundo? Era yo quien se suponía te suplicaba para que no me dejaras tomar una decisión equivocada. Era yo quien pensó siempre que algún día marcharía porque hasta que llegaste tú, mi vida circulaba en solitario y sin pretensión de compartir el trayecto con nadie.



Mejor solo que mal acompañado – decía continuamente madre y como bien apuntaba ella, cualquier pasión se convertiría al final en una mala compañía o en un pavoroso vacío. ¡Pero qué sabia madre!.



De ese terrible vacío sí que ando ahora sobrado. El vacío camina a sus anchas por en derredor abarcándolo todo.

“Love me tender…love me dear…tell me you are mine. I´ll be yours through all the years, till the end of time”. ¿Cómo diablos iba a esperar una despedida después de estas verdades entonadas para ti? Al final soy yo quien las grabó de por vida en la piel
“Till the end of time”. Mira que me gustaba Elvis.



Podrías haberte llamado de otra forma. Podría haber encontrado un nombre distinto. Una mujer diferente. Una sonrisa menos preciosa. Unos ojos menos aceitunos. Una mujer menos… una hembra menos “tú”. Podría haberme percatado de que esa forma tuya de mirar y esa manera tuya de desenvolverte ante el mundo, sólo podría traerme desolación porque arrollaste todo con tu paso por mi vida. Igual que llenaste de luz los espacios me sumiste en la más total oscuridad regalándome puras noches sin lunas, sin guía para volver a recalar y continuar. Un día, hace hoy un año, te soltaste la amarra y te vi apartarte con el movimiento acompasado de las mareas dejando el noray agrietado, lleno de herrumbre y envejecido, sin rescate. Y esa pieza resquebrajada soy yo.Sí. El amor se nos evaporó.



Ahora lloro y me asombra sobremanera que lograras hacerme llorar. Bien sabes que yo no lloraba, jamás lo hice. Era más de esos que llevan el manantial por dentro. No lloraba pero ahora lloro y en los últimos meses, creo que incluso más que al principio. He leído que se debe al duelo tardío y que es necesario para recomponer lo quebrado. He descubierto que llorar me alivia y así, por lo menos, pongo fuera todo ese espanto que quedó con tu partida. Lloro en público y también en privado. Lloro si miro tus fotos y cuando recuerdo tu voz. Lloro de madrugada cuando me despierta tu imagen y también mientras desayuno, si te imagino de pie, junto a mí. Lloro y lo hago sin frenos, expulsando la tristeza, desalojándote a ti de mí.

Definitivamente tenía que haber pensado en buscar una mujer con otro nombre. ¿Cómo puede alguien enamorarse de una mujer llamada "Alma" y no sentir pavor? ¿Cómo puede alguien pensar que enamorarse de "Alma" no conlleva el temor de perderla algún día y, de paso, perder la de uno, la propia? Porque llamarse "Alma" no es solo ser bautizada con ese nombre…es mucho más. Esas cuatro letras deberían llevar un prospecto con instrucciones de posología y efectos secundarios porque, después de su aparición, después de pronunciarlo, sentirlo, tenerlo, después de "Alma" todo germina y con su adiós todo se pudre. Y es que todo en esta vida tiene Alma, hasta la más mísera piedra de acantilado llena de musgo o páramo reseco de calor, hasta la huella de un perro en arena de playa, hasta el jarrón vacío que espera nuevo ramo o las hojas otoñales que piden ser retratadas. Todo tiene "Alma" y el "Alma" está en todo. También sigue en casa, en mí. Y siento aún la pena. Escribo y en cada letra siento aún la congoja porque, continuas viva en cada palabra y en cada frase que redacto y estás aunque no estés y, vives aunque estés muerta, vives. El "Alma" siempre está en lo que uno escribe y en lo que uno piensa y hasta en lo que uno respira. Seguirás viva y será así, presente, reinando, ahora y siempre.



Lloro y lo acepto o tal vez sea a la inversa, acepto y me resigno en llantos. El caso es que reconozco tu pérdida y con total entereza, sin resentimientos, sin críticas, ¿qué sacaría con ellas?.



Sólo hay una cosa que me duele y que te echaría en cara si pudiera. Solamente hay algo que me mortifica más que el vacío, que los lloros, que el abandono y la viudez sentimental. Algo que consigue revolverme las entrañas y que me deja un sabor a repugnancia y hartazgo. Puestos a recriminarte algo, mi querida y anhelada "Alma", te diría que lo más que me incomoda de toda esta historia no fue la forma en que partiste, ni siquiera la falta de forma o la inconsistencia de motivos para la ruptura. Se volatilizó el amor y ya. Lo que realmente me jode es que le haya perdido el gusto a Elvis, a su música, a su voz, al gran Elvis, al Rey, para que en su reemplazo resuenen en mi cabeza los acordes de la abominable canción del Perales, ¿Y QUIÉN ES ÉL?, entonada por ese tal Mark Anthony de telenovela. Eso sí que me ha dejado absolutamente descolocado y me pregunto, en cada ocasión que la caja de resonancia de mi cuerpo se empeña en tararearla, si debería despeñarme, tomarme algún que otro somnífero, cortarme las venas o quizás, dejármelas crecer para abrazar, algún día, algún otro amor.

Así que con aversión firme, con asco incluso y coreando casi a diario el: “¿y en qué lugarrrr se enamoró de tiiiiiii?” que se empeña en personarse, entrando y saliendo sin invitación previa, sobrevivo a la mayor y más dura de las tempestades posibles: la del buen gusto. Y mientras tanto y para mi desdicha, mi idolatrado, talentoso y estimado Elvis, sigue sin rumbo fijo y a la deriva. ¡HAY QUE JODERSE!





pEpA gLeZ

viernes, agosto 5

Así...
de la misma forma en que la suave espuma recala en la dorada costa,
de la misma forma en que se cuela su salada esencia por entre los diminutos granos,
inundándolo todo,
invadiéndolo todo,
así...
de igual modo...
se filtra tu amor
por entre los poros de este cuerpo que espera ansioso sumergirse
 y
ser bañado por tus labios.





miércoles, julio 20

LA COCINA DE SEÑO MARUJA Y LA VIDA REPUTA.






Estela volvería a cocinar. Y eso significaba mucho. Significaba todo. Aunque a simple vista nadie se percatara de ello, ese nimio detalle daba un vuelco a su vida otorgándole incluso cierto orden inesperado y sorpresivo. Cierto orden porque, conseguir que su existencia se tornara “normal”, era pedir demasiado. Las cicatrices interiores no se borraban tan fácilmente y tampoco ella pretendía olvidar creándose un nuevo perfil en país extranjero. Su vida, su apestosa vida, le tocó como boleto en feria, como una mala partida de cartas en donde de antemano la perdedora había sido ella. Pero eso ya lo tenía asumido desde que contaba poquita edad, así que tampoco las lamentaciones eran su dinámica diaria.




Quería volver a preparar arepas. Las de su tierra. Igualitas a las que le había enseñado a hacer la “Seño Maruja” en aquel cuchitril asqueroso e insalubre que se hacía llamar Rte. de Los Olmos, en su Venezuela natal. Como si oyese de nuevo la voz de la octogenaria mujer, seguiría las pautas para no cometer fallo y comenzaría a mezclar ingredientes:



- Taza y media de agua en un bol, sal y chorrito de aceite; harina al ojo hasta que la masa quede bonita; amasando bien y que no queden grumos que hacen mala masa para luego hacer unas bolas tamaño pelotita; aplasta las bolas con las palmas; calienta la plancha engrasada y luego doras las dos caras de las bolas planas; al horno precalentado y déjalas hasta que se abomben; al retirarlas ten en cuenta que deben sonar a hueco…después, lo rellenas con lo que te pidan - .



Y recordaba Estela que siempre que cocinaba arepas la sonrisa le completaba el rostro, como los garabatos de tiza de un niño cubren pizarras vírgenes. Ciertamente volvería a cocinar arepas y para Estela, aquello era de veras trascendental. Lo cambiaría todo. Lo sabía. Se sentiría de nuevo con aliento.



Un día, hacía ya mucho tiempo, se juró no sentir nada por nadie. No quería abrigar esperanzas. No deseaba padecer por nadie y menos que se le encogiera el corazón o el alma. No sufriría más. Ya era bastante. Llegada la treintena se decidió a salir de la oscuridad que tanto tiempo la había estado rondado, para que los rayos de luz rozaran su vida dándole algo más de claridad. Lo que parecía imposible ahora era una realidad visible.

En Barcelona se le ofreció contrato como servicio doméstico y aquello, lejos de parecerle deshonroso o humillante, la reconfortó. Al menos allí nadie la insultaba, vejaba o cacheteaba sin motivo. Allí la trataban por primera vez como a un ser humano y, aunque soñara sin cesar con las caras que tanto daño le habían propinado desde la más tierna infancia, Estela había logrado erradicar el olor a chabolas y aguas sucias que la acompañaba pegada a la epidermis desde mucho antes de lo que lograba recordar. En Barcelona aprendería algo de letras gracias a las clases nocturnas, y algo de números de manos de la señora Cristina, su señora, la dueña de aquella inmensa villa a las afueras de la ciudad condal en donde la recibieron, por primera vez, como a una mujer libre de cadenas. Sus primeras revisiones médicas, en Barcelona. Sus primeras idas y venidas en metro, en Barcelona. Sus primeras horas de asueto, en Barcelona.



Y atrás quedaban, como pesadillas agarradas con saña a su alma, las continuas violaciones del padre, del tío, del hermano mayor. Los quebrantamientos de los hombres toscos y hediondos a los que su padre cobraba por el abuso.



Ayudar en casa con los ingresos – decía el proxeneta de sangre. Cinco hermanos que alimentar – justificaba el violador permisivo y carcelero.



Y tras el atropello, todo quedaba en nada. Al fin y al cabo sólo era su cuerpo el que se expoliaba una y otra vez a merced de manos, cuerpos, miembros sexuales y actos aberrantes. Manos de hombres sin ternura que hicieron de su cuerpo un juguete manido, manoseado y viciado.



El asco visceral al otro género tenía en Estela una justificación más que legítima, lógica. Y aunque reaccionó tarde… muchos meses que se hicieron años… tarde, fue tomando pequeñas cantidades que solicitaba a esos borradores de inocencia con la excusa de necesitar nuevos zapatos o abrigo para las noches más frías. Poco a poco, con meticulosa y estructurada planificación silenciosa, evitando que padre se pudiera enterar de la pretensión última, Estela se fue haciendo con dineros suficientes para escapar de aquella inmundicia con que había sido bautizada. En medio de las agresiones, Estela cerraba los ojos fuertemente, justo antes de que sintiera como ellos derramaban su podredumbre adentro de su cuerpo, justo antes de que notara que la culminación del ataque llegaba a su fin y el sudor le cayera sobre su diminuto cuerpo, tomaba aire con fuerza e imaginaba que Seño Maruja aún estaba viva, que no había fallecido mientras elaboraba comidas para el Olmo como le habían informado, que de nuevo estaba a su lado, cocinando arepas, ayudándola en los preparativos de la masa, recibiendo instrucciones, mirándose por dentro, queriéndola de esa forma que ambas reconocían, como el afecto de una abuela a su nieta, quitándole hierro a la vergüenza. Porque allí es donde único era un poco feliz, en el Olmo, cocinando para Seño Maruja. Ella la agasajaba y la miraba directamente al dolor, a sus entrañas, con esa mirada con que uno contempla a un animal desvalido y necesitado de cuidados. Con esa carita de lástima q provoca el malestar evidente y ajeno. Mirada de quien tras haberlo pasado pésimo en su propia vida, reconoce el sufrimiento de quien lo soporta e intenta lamer heridas para mitigar padecimientos. Recordaba Estela, en aquellos momentos de viles quebrantos, que haciendo arepas era feliz, porque eso significaba que el amor le rondaba la vida.



Nunca amó a Wilfredo. Aquel hombre fornido que intentó sin éxito llevarla consigo al otro lado de la frontera, invitándola a cambiar de vida para crear una familia. No podía amarlo porque Estela no podía amar. No se sentía con fuerzas para amar a nadie. Sabía que ese sentimiento no se le acercaría porque no creía en la existencia misma del sentimiento. Eran cosas de telenovelas, de ficción. Lo real era lo otro, hombres que utilizaban sus carnes para disfrute animal. Sin compasión. El amor era cuento de folletín. Y un día le llegó la buena nueva. Moría Wilfredo. Un tiro en una partida de cartas y quedó cadáver. Ella no lloró y tampoco sintió la pérdida.



De igual forma, no supo amar a Sebastián. Él se empeñó en decir que ella le pertenecía. Propagó que era su mujer pero, ella no lo amaba. Fue por casa para advertir a su padre que ella ya no podía ser vendida. Que él la mantendría y la cuidaría. Se le olvidó decir que también la maltrataría. Se le pasó comentar que la violaría con más rabia que cualquier otro. Se le escapó señalar también que la insultaría, la haría llorar y la amedrantaría sin compasión. Estela nunca lo amó, ¿cómo habría de amar a aquel animal sin escrúpulos que la eligió como entretenimiento? El sentimiento de novelas era una burla cruel. Ella no sabía querer. No era capaz de sentir y solamente reconocía un sentimiento, el daño. A ese sí que lo veía bien clarito cuando se le plantaba de frente y la arrinconaba sin posibilidad de zafarse. ¿Y cómo iba a ser de otra forma?



Luego de aparecérsele Sebastián, que para su desgracia coincidiría con el fallecimiento de Seño Maruja, no volvería a hacer arepas. E igual que la anciana se había apagado como brasa de hoguera añeja, el amor se le apartaba a Estela dejándola, si aún cabía esa posibilidad, más a la intemperie y desabrigada que nunca. Sebastián decidiría un día dejarla por otra más joven, con más carnes. Más mujer, le dijo. Y volvería Estela a la casa paterna, ¡a dónde iba a poder ir si no!



Puta vida...reputa vida – se decía entre sábanas y en silencio Estela.





Cada domingo tiene la tarde libre en Barcelona. Las horas le sobran. Se lo ha dicho a Doña Cristina, pero le insisten en la villa que ella debe tomar descansos. Que pasee. Que se compre un helado, un chocolate con churros, unas rosquillas. Que vaya con otras jóvenes a divertirse, a reír…que descanse.



A reír…¡qué estupidez! – pensaba Estela cada vez que escuchaba lo de ir a buscar sonrisas. Y ella se pregunta para qué habría de hacerlo. Vivir como vivía ahora ya era un descanso. Estela sabía desde hacía mucho que sus escasas risas escondían silencios saturados de sombras dolorosas, sin brillos, carentes de vidas, de hálitos. Sus risas eran sepias, eran negruras, tormentos enmascarados. Estela no sabía reír y lo peor del asunto, no quería reír. Sólo descansar de su vida.





Cada miércoles esperaba el bus a dos calles de la casa donde trabajaba. Montaba con ligereza y, sin mirar a su alrededor, abonaba y hacía en silencio el trayecto. Tomaba el camino en dirección al mercado, cargaba el carro con el pedido de la señora Cristina y retornaba sin tomarse licencias demorándose con tertulias en el regreso. Y allí estaba siempre él. Aquel hombre enjuto y risueño que pasaba la treintena. La observaba. Estela podía ver que la observaba, cada miércoles. Le sonreía mostrando una dentadura algo desvencijada pero aseada. La miraba. Y ella se resistía a cada encuentro de ojos, a cada gesto amistoso, a las sonrisas regaladas y a la cercanía que se podía aventurar que él deseaba.



Y los miércoles siguieron gestándose de la misma rutinaria manera. Bus, mercado, miradas y regreso. Trayecto, compras, sonrisas próximas y vuelta. Jacinto, así se llamaba el observador perenne, conducía un taxi. No era suyo, pero lo manejaba y cuidaba como si lo fuera. Tanto así, que Estela pensó que aquella forma de querer el auto solo podía ocurrir por haberlo comprado con mucho esfuerzo. Pero no. Él lo conducía por un salario que incrementaba con alguna ganancia extra, dependiendo de si hacía más o menos servicios. Jacinto llevaba casi una década en Barcelona pero era extremeño, del Valle del Jerte. Y por eso de ser también un foráneo de aquellas tierras catalanas deseaba ofrecerle su ayuda, su confianza. Así durante meses, mirándola sin atreverse a dirigirle la palabra, sintiendo que ella no le daría pie. Incrementando con cada miércoles el deseo por la joven hermética y misteriosa, distante, que se le había clavado en el corazón.



Cuando al fin tuvo oportunidad para hablarle dijo solamente dos palabras: Te quiero.

Luego enrojeció y partió raudo hacia el taxi arrancando a más velocidad de lo normal, empujado por un ataque repentino de vergüenza, de nervios y de descontrol.



Estela lo ojeó con desinterés, como miraba desde hacía mucho a los hombres…y a las mujeres…y a los niños.



Pasarían tres semanas hasta que Jacinto se le acercara de nuevo, en la parada del bus, para pedirle tomar un café juntos. Estela rehusaría la invitación sin miramientos y continuaría con su espera y su vida. Hasta en cuatro ocasiones tuvo valor Jacinto para acercarse a aquella mujer callada, de aspecto frágil, con enormes ojos del color de la miel de su tierra extremeña, con la piel del color de las aceitunas también extremeñas, de pequeños y delicados pies y de livianos movimientos al caminar.



- Tu nombre…sólo dime tu nombre – le dijo en una ocasión sacando la cabeza por la ventanilla del taxi y mirándola de cerca, como quien tiene delante a un ángel bajado desde el mismísimo cielo. – Dime tu nombre y me harás feliz, por favor.



- Estela – contestó ella mientras asía su mano al carro de la compra, con los ojos fijos en el suelo y se colocaba en la cola del bus.



- Maravilloso…Estela. Maravilloso – dejó escapar de sus labios Jacinto a modo de suspiro para quedarse sumido en un sopor de dicha.







Cada miércoles Jacinto estaba allí. A mitad de la semana, hubiese sol o sombras en las alturas. Se sintiera el frío o llegasen oleadas de calor primaveral. Soplara el viento o hubiese calma pegajosa. A la misma hora, cada miércoles de cada semana, allí estaba él para pronunciar con dulzura su nombre y regalarle una sonrisa. Hasta aquel día miércoles en que Estela sintió su ausencia. Y, al igual que los días se organizaban en torno a sus quehaceres diarios en la casona de la Señora Cristina, de la misma forma que se levantaba a diario desde las 5:45 am para iniciar la limpieza de la cocina y el manufacturado del desayuno, de la misma manera que planchaba cuando rozaban las 15:00 pm en el reloj del salón o regaba los macetones del portón principal a la caída de los rayos de luz…la ausencia de Jacinto, sus palabras, sus ojos y sus sonrisas, le habían dejado un vacío inesperado y desconocido en su automatismo de los días miércoles. Para su desazón, tampoco apareció al siguiente miércoles, ni al otro, ni al que le siguió a ese último. Y la desesperanza se fue tornando pesadumbre en su rostro, y la agonía en sinsabor, en ahogo, en algo parecido al sufrimiento por dentro, a la congoja y de vuelta, a ese recuerdo dañino del desamparo y el frío. Aquel hombre había logrado lo que ningún otro, llegarle a importar, a sentirlo cercano, incluso propio. Jacinto se le había metido en las entrañas y corría ya de forma incontrolada por su corriente sanguínea, llenándola de una pena nueva, distinta, pero pena al fin. Y no supo Estela cómo hacer. Quiso preguntar a los demás conductores de la parada pero no se atrevió. Pensó cambiar el día de mercado y pedir permiso a la señora para adelantarlo al martes o, quizás, retrasarlo al viernes pero…le faltaron agallas. Se preguntó por qué nunca apuntó el número del móvil que Jacinto le ofrecía por si alguna vez necesitaba de su asistencia. Se recriminó, así misma, por no haber aceptado jamás el ofrecimiento de pasear junto a él en domingo y así, al menos, saber dónde ubicarlo cuando le faltara. Se llamó cretina y se sintió vacía. Esa ausencia infinita la convertía en huérfana de nuevo. Él la había invadido y ahora su recuerdo era como un torbellino hiriente. Su falta la desmoronaba, la falta de quien ya formaba parte de su vida sin ella haberlo proyectado. Y tras una noche de lágrimas como torrentes, decidió que la imagen de Jacinto, igual que había aparecido para quedarse con ella, debería mitigarse y desaparecer como la niebla. Así podría continuar su existencia sin más alboroto, sin más cambios en su rutina, sin mortificaciones añadidas. Y continuó yendo los miércoles al mercado. Dejó de mirar la parada y abandonó aquellas ganas de hacer nada. Dejó apartado el corazón justo en el mismo sitio en donde lo había guardado toda su vida, en el imperturbable y gélido invierno.

Pasarían ocho semanas de fríos, de corazón congelado y una tarde, entrando ya el crepúsculo, justo en el instante que volcaba el agua desde la regadera hacia las hortensias que vestían los macetones de la entrada, escuchó aquella voz que le encendería el alma.



- ¿Me has echado de menos, no es cierto? – y Estela volteó el cuerpo con velocidad de vértigo para mirar de frente a aquella delgada estampa vestida con su mejor y más tierna sonrisa. – Dime la verdad…¿me has echado en falta? Porque yo no he hecho otra cosa que imaginarte conmigo. Tuve que ir a casa - continuó diciendo - con mi gente ... de forma precipitada y sin poder avisarte pero… ya estoy de regreso.



Estela lo oía ensimismada pero no lo escuchaba; ella lo miraba y sentía que las imágenes de un dulce sueño se le adentraban por cada espacio disipando el temor de su pérdida; imaginó que él podría incluso abrazarla sintiéndose por primera vez suya; y oyó una voz interior que intentó recordarle que no sería capaz de amarlo porque no sabría; que ella no estaba capacitada para ejercitar ese verbo, que nunca supo pero, aún así y sin saberlo, deseaba con ansias aprender a amarlo. Y de pronto dejó Estela caer la regadera, corrió como un potro sin frenos hacia él, se le agarró con fuerza en un abrazo que provocó la risa y las quejas de Jacinto, levantó la mirada y dejó que él la besara con dulzura y le acariciara el cabello porque, a pesar de no tener nada claro por los adentros y de no saber cómo debería hacer para empezar a amarlo, Estela tuvo aquella sensación que antaño le traía gozo, la única cosa que traía aparejada dicha, esas ganas de preparar las arepas de Seño Maruja y aquello…sin miedo a equivocarse…quería decir algo que sí que se le presentaba con una claridad reconocible: por fin el amor le andaba rondando la vida.


pEpA gLeZ.

martes, febrero 8

AL OTRO LADO DEL ARCO IRIS.

Apretó con fuerza la cuartilla entre los dedos. La arrugó y manoseó. Lo hacía como un autómata, sin advertir que estaba a punto de romper aquella nota. El escrito que ella le dejó y que después de leer se le clavó justo en medio de las costillas, provocándole un sabor de amargor, de amargura, de rabia y de asco; todo bien mixturado como combinado en una coctelera. La pequeña misiva con clara imagen de unas lágrimas que cayeron sobre el papel deformando la grafía de algunas letras; la A, la O. Desdibujadas. Igual que se había quedado ella. Sin contorno visible, en sombras.


Y tomó otro sorbo de whisky dejando que los lloros brotaran de aquel cuerpo malherido al que habría deseado no tener como propio. Trató de leer de nuevo en voz alta la breve despedida que le entregó el portero del edificio, la carta manuscrita que le propinó el mayor golpe jamás recibido. Pero no fue capaz. La voz se le quebraba al intentarlo y cada sílaba sonaba tan lejana y honda que dolía de una forma brutal. Incapaz de leerla a viva voz, incapaz de leerla siquiera en silencio.



Los ojos le bailaban nerviosos de un lado a otra de la cuartilla, enloquecidos, en trance. Mientras, el alma le pesaba como un plomo y sentía que se le desmoronaba el cuerpo desplomándose en mil pedazos, como un lego tras el empujón de la mano de un niño. Todo era tristeza y soledad, angustia. Asco hacia él mismo. Hacia todo lo que él representaba. Sufrimiento y asco.



Luego de recibir aquellas letras hubiese dado todo por entregarse de nuevo en cuerpo y alma a ella. Por dar hacia atrás a las manecillas del reloj para enderezar todo cuanto había torcido. Pero ya era tarde.



La sedujo. Convirtió su conquista en un juego hermoso al que dedicarle infinidad de horas. La doblegó y la hizo sucumbir para saborearla, para poseerla. Y fue feliz. Inmensamente feliz a su lado. Lo sabía y lo disfrutó segundo a segundo. Pero tenía tan arraigado en su interior el aislamiento que no era capaz de darse. Ni siquiera, teniendo la certeza de que ella era la única que podría borrarle la etiqueta de anacoreta que había ido labrándose con los años.

Su lema: mujeres todas. Rubias, morenas, pelirrojas, castañas, altas, bajas, delgadas, voluptuosas. Todas las que quisiera, sí, pero siguiendo una máxima convertida en ley, en su propio código: jamás compromisos. Debía seguir libre para hacer y deshacer a su antojo. Necesitaba alejarse de las ataduras, de los convencionalismos y de los patrones mil veces dibujados y estructurados como sellos de normalidad. En una ocasión le hicieron daño y lo llevaría como un lastre el resto de su vida. Una vez y nunca más. Sería él quien decidiría con quién y cuándo, apuntando desde el principio el cómo: sin cadenas.



Pero apareció ella alumbrándolo todo. Mirando de frente. Entrando sin permiso. Penetrando en él mientras dejaba caer suavemente los párpados en un fotograma de ensueño. Mirada y ojos que le ocasionaron todo tipo de reacciones encontradas. Y de entre todas ellas la más fuerte y arrolladora: el amor. Y la amó durante cien días. Fue de ella y sólo de ella durante tres meses y diez días. Tiempo más que suficiente para percatarse de que el peligro acechaba esta vez con más fuerza que nunca. Y se puso en guardia. Quiso retomar su vida abandonando aquel paraíso en 3D que empezaba a bañarlo todo, a inundarlo absolutamente todo con su aroma y sus suaves notas deslizándose y rellenando el espacio.

Cien días y un adiós.

Sin explicaciones, sin ataduras. Sin compromiso, pensó. Sin cadenas, se dijo. Con sufrimiento, ahogándose en su propia decisión. Con dolor inmenso.



Volvió a servirse otro whisky y degustó con repugnancia el brebaje anti dolor que se había prescrito desde hacía unas horas. Miró la única fotografía de ella que aún tenía en el móvil tras borrar todas las que le recordaban aquellos cien inolvidables días. Dejó vivo el retrato que le sacó el último domingo, aquella foto robada después de levantarse somnolienta en donde se negaba con la mirada a regalar su alma a la cámara. Llena de frescura, belleza, inocencia, alegría. Llena de aromas a dicha e ingenua del dolor que le propinaría esa misma tarde. Ajena al adiós final y al fin de aquella novela con desenlace fatal.



Respiro profundamente, el aire se llenó de pena y el frío recorrió todo su cuerpo. Desdobló la cuartilla y dejó que fuese ella quien leyese. Su voz. La de ella. La tierna entonación que recordaba de las últimas noches que estuvieron juntos. Esa voz que sabía no dejaría de oír jamás mientras viviese.







A ti:
Mi gran y único amor.


Llegaste despacio como una brisa suave en días de bochorno y me miraste. Entraste en mi vida por alguna pequeña grieta rompiéndome, debilitándome. Te expandiste hasta llenarlo todo para después...vaciarme. Ahora estoy sin vida y sin aliento. No dejaste nada aquí dentro. No dejaste nada por lo que seguir. Te esperaré más allá, al otro lado del arco iris. Allí donde aguardaré tu regreso, hasta ese momento en que volvamos a ser uno. Emplearé la misma grieta por la que me invadiste y llenaste mis días con cálida luz, para ir derramándome hacia la oscuridad. Adiós amor, mi gran y único amor.











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