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viernes, febrero 13

SIN CAMBIOS





Hace unos días comenté a un buen amigo que no soy partidaria de los cambios cuando las cosas están bien. Quizás sea de esas personas que prefieren acomodarse a una buena rutina sin esperar que grandes acontecimientos revolucionen mi vida, otorgándole un sentido diferente al que tienen. No soy tampoco demasiado aficionada a modas ni a las revoluciones, sean del tipo que sean. Cuando se siente la vida desde el prisma de la felicidad en pequeñas dosis, no se mantiene uno a la expectativa.
Si no se espera nada, nada habrá que reprochar.
Este es otro dicho que últimamente me entregaron como un regalo y que se ha instalado en mí, para hacerme sentir muchísimo mejor que antes. Tal si fuera una de las piedras que forman la estructura de esas antiguas iglesias románicas o de aquellas de las murallas de cualquier ciudad del Medievo, lo que se ha creado con sólidos y estables cimientos perdura en el tiempo para dar su utilidad innata. Al igual que las buenas composiciones musicales, sea cual sea el momento histórico de su creación, el pasar de los años sólo hace afianzarlas más como pilares de lo que debe quedar eternamente.
Lo que ya es bueno no debe tocarse.Lo que se nos presenta agradable no tiene porque ser exótico, ni lo que llega de forma espontánea pero relajada, tiene que transformarse en convulso. Cada momento vital tiene acontecimientos que se graban dando más o menos sentido a la historia de nuestras vidas. Se acostumbra a pensar que la madurez ayuda a formar y que los años se acompañan de una sensatez que no aparece en edad temprana. Sin embargo, hay jóvenes a los que se les compara con viejos por su estilo comedido y otros a los que, entrados ya en edad se les iguala con adolescentes, por insensatos y díscolos. Cada cual es de una manera y, de forma independiente a la edad que marque la llegada a este mundo, se puede actuar con o sin cabeza no siendo esto reprochable ni aconsejable.
Cada quien que disfrute sus momentos como mejor le venga en gana. Lo importante es, sin duda alguna, intentar estar bien con uno mismo.
Hay quien vive en una continua aventura, disfrutando a su manera cada segundo como si del último aliento se tratase. Hay quienes toman la vida como un viaje a lo desconocido sin paradas ni descansos, en busca de experiencias límites. También los hay quienes prefieren sentirse vivos desmarcándose de las normas en un afán de enseñar su particular visión de lo correcto y lo incorrecto. Y gracias a este semillero de individuos se han descubierto tierras nuevas, avanzado en las tecnologías, desarrollado en investigaciones y buscado soluciones. En definitiva, se ha constituido nuestro género tal y como es.
Pero yo prefiero ser del otro tipo. De las que se decantan por releer lo que se ha escrito bien. De las que se sientan a escuchar lo que se ha creado por grandes compositores. Soy de las que se plantan delante de una fachada de dos siglos que aún conserva su belleza para exprimir con una cámara la esencia que destila sus paredes. De las que atrapan mediante una tarjeta de memoria lo que ya está creado por la mano de lo humano o de lo divino.
Aunque pueda resultar poco trascendental y algo anodina me reitero en lo dicho, prefiero sin cambios disfrutando de mi pedacito de felicidad.

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