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viernes, marzo 13

IMAGINANDO VIDAS AJENAS.




· 19:10 hrs. Cualquier día de la semana. En mi coche, con el niño dormido, camino a casa. Hace cinco años que el pueblo de Uga me acogió como vecina. Un quinquenio realizando el mismo trayecto desde la costa, en donde gasto las horas del día, hasta el verde valle a pie de volcán. Justo a esa hora, pasados diez minutos de las siete de la tarde, tomo una curva junto a una vivienda de encalado blanco, con un gran muro de piedra que cierra un jardín exuberante lleno de vegetación autóctona. Una sombra masculina deambula de un lado a otro de la terraza y, la luz de la vivienda se filtra desde la puerta del salón hacia el exterior. Jamás he visto su mano pero he imaginado mil veces que el motivo de su paseo nocturno es la llamada de la nicotina. Cada día me parece escuchar el aviso, mitad queja mitad reprimenda, de una esposa cansada de colillas y ceniceros, quien le conmina a fumar fuera. Incluso los días en que hay ventisca, o en aquellos otros en que la humedad cala los huesos, aquel espectro va de un lado a otro como siguiendo un ritual diario de desahogo. He pensado, también casi cada tarde al verlo, que aquel hombre debería tener su propio rincón dentro, en donde la meteorología no le afectase. Un lugar para él y sus pitillos. Un espacio íntimo en el que saborear su malsano y nocivo vicio. Una habitación, no importan dimensiones ni decoraciones, en que pueda sentarse, acostarse o mantenerse en pie y disfrutar de unos minutos consigo mismo. Un rato con el humo, el sabor a tabaco y el calor que se introduce con cada calada. Al fin y al cabo él también es dueño y señor de esa casa.

· 08:15 hrs. de la mañana. Lunes, miércoles o viernes. Comienzo el día bajando las escaleras tras los pasos de mi pequeño enano de jardín, al que llevo a su cita diaria con la cultura y los juegos. De frente al portón de salida, una mujer ataviada con ropas árabes que limpia de forma ágil el exterior de un restaurante, me mira, sonríe, da los buenos días y sigue rauda con su escoba entre las manos. Ya le he puesto nombre, aunque nunca me lo haya dicho: LATIFA. Una mujer voluptuosa, de grandes ojos negros. Su cabeza, sin embargo, es pequeña en comparación con su cuerpo y siempre está cubierta con telas. Un mechón aparece sobre la frente de tez morena. Tiene el cabello oscuro y algo encrespado.
Algunos días cuando miro a Latifa me la imagino corriendo tras su hijo, entre las dunas de su Sáhara natal. Las haimas árabes se pueden ver a lo lejos.

Otras mañanas, pienso en la tristeza que le acongoja cuando recuerda a su familia y al bebé que dejó al cuidado de su madre. Me figuro la de veces que preparará sabores típicos de su tierra, intentado mantener en el paladar recuerdos de días pasados. Visualizo y hago míos su dolor, sus momentos de añoranza, su sentir como extranjera en la isla.


· Sábado, 10:30 hrs. de la mañana. Sentado de espalda a la puerta de la pequeña iglesia del pueblo, un nonagenario agricultor con cigarrillo marca Kruger entre sus finos labios. Lleva una cachucha marrón roída por el tiempo. Contempla desde detrás de sus gruesas gafas de pasta, el devenir del pueblo que le vio nacer. No sonríe. Tampoco habla con nadie. Sólo mira, mueve levemente su cabeza y deja pasar las horas.
A él no le puse nombre. No me pareció importante colocarle letras a esa cara de pergamino antiguo. Cuando me mira desde su muro, bajo el sol que le calienta los huesos envejecidos, imagino lo que su interior le apunta:
¡Otra nueva cara recorriendo mi pueblo!. ¡De fuera vendrán y de tu casa te echarán!Pienso que los cambios, en este valle entre cráteres, no le han hecho gracia.
Me parece verlo sentado en su cocina, tras una dura jornada de trabajo entre cultivos de millo y cebollas. Su mujer le coloca delante el potaje de arvejas y le recuerda que se sacuda fuera las botas porque otra vez le llenó el piso de tierra. Él no le responde y devora aquel plato hondo con desespero. No tuvieron hijos. Ella falleció hace dos décadas porque el corazón nunca lo tuvo fuerte. A partir de ese triste momento el almuerzo lo hacía en casa de una hermana, quien a día de hoy, está acompañando también al divino. Así que a falta de manos femeninas que le preparen el enyesque, el agricultor sin apodo se acerca cada día al bar del pueblo para tomar una tapita de esto o de aquello otro. Su estómago tampoco está para mucho entullo. El pizco de vino que tomaba antes no lo ha dejado. ¡Ya con sus años para qué perder ese hábito!


Sólo le enfadan dos cosas en esta vida: que alguien se aposente justo en su sitio en el muro de la iglesia y la cantidad de gente de fuera que ha venido a vivir a Uga. Esas dos cosas lo ponen malo y, los vecinos de la zona lo saben y hacen juerga a costa de sus manías.


¡Qué no hombre….. la gente de fuera hace falta….. el pueblo ahora es más entretenido….! Le discuten los cuatro amigos que aún le quedan apoyados en la barra del bar.
¿Y este sitio es tuyo a cuenta de qué? Le dice su amigo Rafael con la risita entre los dientes. ¿Acaso el cura te dio escritura de propiedad del muro o cómo es la cosa? Y la carcajada es general.
El anciano sin nombre propio se enfurece y les dice de todo pero en voz baja porque nunca le gustó levantar el tono; aspavientando con su mano izquierda, la que no lleva el cigarro; profiriendo palabrotas al aire.



En la última semana me propuse conocer la realidad de estas tres vidas ajenas y, como era de esperar, ninguna se acercaba a lo que mi fértil imaginación había estructurado con cábalas y figuraciones.




La sombra que recorre el jardín, no fuma ni lo ha hecho nunca. De hecho odia el tabaco y su olor le enferma. Sale a esa hora al jardín, cada día, porque le abre la puerta al gato siamés que le acompaña en casa desde hace poco más de un lustro. Así el minino juega entre arbustos y flores haciéndole gracias a su dueño. No tiene esposa y quien convive con él es su anciana madre que, lejos de recriminarle alguna acción, le consiente cualquier antojo por pequeño que este sea.
La señora de vestimenta árabe no era saharaui sino marroquí. Su nombre es Fátima. Se casó hace dos años con un taxista conejero y vive con él y sus dos hijos en una bonita casa al fondo, junto al volcán de Yaiza. Adora a la gente canaria y no tiene intención de volver a Casablanca. Lo que más le gusta preparar en la cocina es el puchero porque a su marido le parece un manjar de dioses.
El anciano de gorro y tabaco fue marinero y no agricultor. No saben si conoció mujer seria porque jamás se casó con ninguna. Siempre le gustó el folclore y la parranda y, se apuntó a todos los jolgorios que quisieron abrirle puertas. A pesar de haber perdido un pulmón hace ya veinte años, el vicio del tabaco no lo deja. Eso sí, en algo hice diana: el cigarrillo era negro y de marca Kruger.




Visto lo visto, mejor me dedico a otros menesteres porque ponerle vidas a cuerpos ajenos no es algo de lo que pueda presumir.



Mpepa

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