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miércoles, agosto 20

Te lo prometo


¡No te dejaré! Una y otra vez Gloria escuchaba aquella frase de labios de su hija. ¡No te dejaré, no te dejaré! Enfrascada en su ritual diario de somnolencia, aquella voz dulce y temblorosa que repetía sin cesar una voluntad férrea de acompañarla, le provocaba tristeza y un tumulto de recuerdos de antaño. Arrastraba la voz de su hija un sinfín de instantes en que esa frase había marcado su vida. ¡No te dejaré!

Le hubiese gustado mirar entre sus álbumes de fotos de la niñez. Buscar entre sus baúles, de piel carcomida, y revisar una a una aquellas imágenes de un tiempo lejano incluso en la memoria. Consciente de aquella imposibilidad física decidió traer de vuelta el primer momento en que su madre le dijo aquellas mismas palabras. Se veía entrando en un largo pasillo de hospital, por momentos inundado de oscuro, por momentos lleno de claridad cegadora. La mano de su madre le apretaba los delgados dedos de niña que entraría poco después en quirófano. No tengas miedo, ¡no te dejaré!. Y el olor a flores de la mano de su madre se apartó, dejándola sola, con pánico, entre mascarillas de un verde impactante, adormecida por el efecto del maloliente cloroformo, sola. Esa fue la primera vez que aquellas letras le enseñaron el significado de la soledad. Recobrando esa imagen en blanco y negro, Gloria volvió a sentir frío y miedo, desgarrador desamparo con regusto a sangre. Salió del quirófano casi como entró, con frío, dolor y sin amígdalas.

Su hija se le acercó para decirle al oído, que bajaba a la cafetería a por un café y que regresaba en un santiamén. Gloria seguía los andares de la silueta de su hija como en nebulosa, a un ritmo lento, más lento de lo habitual. Tomó una bocanada de aquel aire roto que le rondaba desde hacía días, intentando no pensar en dónde estaba ni lo que le andaba invadiendo por dentro, y se centró en otra imagen del ayer en donde la frase cobrara fuerza.
Y deambulando por sus cavilaciones llegó al día en que su perro Peluche, el Fox Terrier blanco y negro,  agonizaba envuelto en amorosa mantilla de lana, a modo de sudario de distintos colores que su madre había manufacturado a crochet. Los ojos negros del Terrier la miraban fijamente, bañados en lágrimas, o eso fue lo que a Gloria le pareció ver en su mirada. ¡No te dejaré! - le repetía de seguido mientras besaba el hocico de Peluche intentando alargar la presencia de aquel animal junto a ella. ¡No te dejaré! Y hubiese deseado Gloria que la intención tajante de permanecer a su lado fuese enunciada al revés, como exhalación de Peluche hacia ella. Pero era ya tarde. El animal se despedía sin posibilidad de moratorias y ella enredada en el propósito, aferrada al póstumo deseo. 

Escuchó unos pasos que recorrían la habitación, de atrás hacia delante, de izquierda a derecha. Entreabrió los ojos y pudo ver una figura que se movía ligera, habituada a sus funciones, fueran éstas las que fueran. Quiso solicitar algo de agua pero, al intentar hacer señas con sus manos, se percató de la pesadez de sus brazos. Cuando volvió a buscar la blanca figura, ya era tarde. De nuevo el aire cuarteado entrando por  sus fosas nasales. Movió levemente el cuello hacia arriba y cerró los ojos, regresando al archivo de su memoria para rescatar el siguiente fotograma, para escuchar otra vez entre los pliegues de su historia aquellas conocidas palabras. 

¡No te dejaré! - se dijo a si misma. Y los ojos del galán de película, como gustaba a Gloria llamar al que fue su gran amor de juventud, llenaron toda la escena mental. Su cuerpo entero agradecía esta nueva imagen del pasado, esos ojos llenos de vida que por tanto tiempo le significó el sentir. 
¡No te dejaré!  –  decía a viva voz el galán. ¡No te dejaré, jamás!  – repetía una y otra vez sumergido en pasión y entrega. ¿Nunca? – preguntaba Gloria. Nunca – contestaba él.
Y olvidó Gloria, bañada por la droga del amor y sus delirios, que aquellas letras solían figurar algo bien distinto. Olvidó que el nunca y el jamás acallaban la desazón y el pavor de los principiantes en amores, que no eran eternos, sólo un remedio efímero contra el verdadero amor y sus miedos.

La soledad que vino a continuación le aportó paciencia y le otorgó voz propia. Llegó a pensar que cuanto había logrado en su vida había sido fruto, en cierta medida, de aquella soledad impuesta. Su familia, sus amigos, sus escritos, sus viajes. Todo había sido fraguado en "Momentos de Armario", como solía llamar Gloria a aquellos instantes en que se apartaba de todo y de todos, imaginando que entraba y se acomodaba en un gigantesco guardarropa para cerrar por dentro sus puertas, dejando que sus deseos tomaran cuerpo y se dejaran oír, para luego, con mucha paciencia, darles forma.

La sensación de bienestar aportada por el galán y este último recuerdo se volvió vacío seco, y agradeció Gloria la voz de su hija anunciando entrada en escena, devolviéndola de regreso a la habitación y al sueño. Su hija la tomó de la mano con suavidad y colocó la palma de una de ellas sobre el rostro. Gloria quiso acariciarla, lo intentó en vano. Sintió como su hija sollozaba y sintió como toda ella temblaba. Quiso pedirle que no padeciera más pero el sueño seguía inundando su espíritu, gobernando sus actos.

¡No te dejaré! Así le dijo su madre y luego, su padre. 
¡No te dejaré! ¡No te dejaré! Pero ambos partieron. Una primero. El otro, un tiempo más tarde. La vida. Cosas de la vida. Normal es que los hijos los despidan. Ley de vida.
Y después, su marido, impulso, dirección, amparo. Rápido, tan rápido como los malos cánceres y sin tiempo para decirle todo cuanto querría haberle dicho. Sin días para demostrarle lo importante que su presencia era en su vida. Sin horas para fundirse con él, para dejarse llevar junto a él. 
¡No te dejaré! 

Fue entonces cuando descubrió Gloria que, entrando en esa soledad descomunal que da la orfandad y la viudez, deja una de estar sola para ser consciente, para darse cuenta de que es parte de un vínculo único con los demás. Entendió que a partir de ese estado una renace más humana. La soledad le hizo ver cuánto llevaba por dentro, resultando ser un estado necesario para escribir sin ataduras, sin prejuicios, para verse al fin. Y aprendió Gloria a disfrutar. Aprendió a ver desde otra perspectiva cada una de las jornadas, saboreando los momentos, los abrazos, las palabras. Aprendió que la vida podía ser llevadera, incluso a solas. La soledad le presentó a otra Gloria, y se sintió bien acompañada por ella misma. 

El frío le llega desde los dedos de los pies. Asciende lentamente, sin descanso. Sube hasta los dedos de las manos. Gloria desearía que su madre la arropase. Le encantaría que su amor de juventud la besase. Daría lo que fuera porque su marido,  su compañero de fatigas y alegrías, la acariciase. Pero esa sensación gélida continua su camino y se le extiende hasta el pecho. Idéntico frío al que sintió en el paritorio justo un segundo antes de dar a luz a su hija, la misma que ahora le apretaba con fuerza la mano entre llantos. Desde el pecho el frío se coló hasta la espalda y, escaló hasta la nuca. De pronto el sueño la fue hundiendo en un pozo de oscuridad y mudez. Negrura pero sobre todo, aquella reconocible y tranquila soledad. Y un murmullo entrecortado, cada vez más lejano, de una voz empapada en un amor extraordinario. ¡No te dejaré! ¡No te dejaré, mamá! 

Y al fin, Gloria, respiró.

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