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jueves, abril 26

BUSCÁNDOTE, UN DÍA CUALQUIERA, MADRE.






Salí del hotel portando una caja de galletas asturianas de envoltorio verde pistacho, con abundantes brillos y llamativo lazo. Y mientras andaba calle arriba, desde la parte antigua del hotel hasta las proximidades de tu casa del gran Farión, como salidos de un cuento de las mil y una razas surgieron parejas de rumanos, marroquíes, alemanes, hispanos e irlandeses que se iban cruzando con mis pasos lentos, andares de quien no tenía grandes ansias por llegar a casa, a tu casa. El viento era fresco y únicamente bajo el sol, a plena luz del astro, algo se me calentaban las manos, el costado y la espalda. En ese caminar monótono de revoluciones cansinas, el brillo del verde de la caja de galletas lo inundaba todo, incluso mi mirar y, en cada momento en que ese green luminoso bañaba las retinas, de mi boca una frase reiterativa salía de forma autómata:
bonito color el verde.
Y con cada frase repetitiva pensaba en ti para mis adentros.
- ¿Y a quién le llevo yo esa caja-regalo del huésped amigo de tierra de lagos?
La respuesta me llevó de regreso a quien yo, habitualmente, le regalaba viandas. A ti, madre, porque ando segura de que disfrutarías con ellas. Me han dicho que son fabulosas. Jamás las degusté pues llevan piñones y algún que otro fruto, de esos que llaman secos y que me tienen prohibidos por dañinos. Tú ya lo sabes, yo y mis múltiples alergias.


- Mal hecha – decías con gracia cuando hablábamos de ellas.

- Mal hechos, tú y todo el que tenga alergias, que lo dicen los doctores. - Y reías con ganas.


Imaginé que hace tan solo un año podrías haberlas comido, mojadas en leche, siempre con leche; con café y leche; con té y leche; condensada o semi pero con leche.

Me llegó tarde la cajita verde de galletas asturianas, artesanales, hechas con producto de esas tierras norteñas, selectas, de la mejor de las pastelerías de Oviedo.

- Pastas finas - como enuncia el señor Villacampa cada vacación que pasa en ésta, su segunda casa y tiene a bien traerme el presente, al que no le digo que no por cortesía y para no despreciar tan gentil gesto a pesar de tener incapacidad natural para poner a funcionar las papilas luego de recibirlas.

Y continué caminando ya más cerca de la casa grande, de tu casa y miré hacia abajo, donde el muelle chico, hacia la izquierda porque la ventolera me invitó a ello. Y ojeé la marea, revuelta de espumas blancas y de oleajes chicos. Al fondo, un barco velero se contoneaba luchando por mantenerse erguido, llenando la acuarela de danza, de ritmo, pidiendo descarado ser inmortalizado.

- Tarde - me dije bajito.

No llevo cámara compacta en mi bolso, por unas semanas no, y tampoco deseo retratar con la aparatosa durante un tiempo. Si la necesidad me angustiara siempre podría tirar del galáctico, que tan salvadora labor de dosis de metadona realiza para los yonkis del retrato. Y me doy cuenta que estoy ahíta, indigesta, de eso y de lo otro. De casi todo. Y sigo la marcha ahora hacia la derecha, subiendo la calle, de frente a remolinos de ventolera habituales en la zona vieja, con el precioso bulto en verde pistacho y su lazo engalanado dándome un saludo. De vuelta desprendiendo destellos. Y regresas a mi memoria. Te veo comiéndolos. Con sonrisa en rostro, con azúcar en boca, disfrutándolos.

Mi paso es lento y mi mirada, cansina. Varios arbustos coloreados por la entrada de mayo, un laurel de indias al fondo suplicando aguas y la palmera canaria de casa de padre, de tu casa, de la mía, de la de todos los tuyos. La canariensis, la robusta, la que por imperativo de lex no podemos tocar ni para podarla por si el picudo, por si la pérdida de lo nuestro, por si decidimos darle funerales sin aviso y consentimiento previo. Ese árbol que a pesar de ser de una, como sobre otras muchas cosas, gobiernan otros.

Unos hijos de la Gran Bretaña bañados en aceites de coco, semidesnudos y tatuados, rubiales ambos, hermosos, me traen de vuelta a mi zona, a la parte del fondo del gran Farión, antes del muro de la vergüenza que separa la zona antaño refinada de la menos acicalada. De esa otra parte más auténtica y menos lavaba, bien llamada por epidemias y mortajas "la Tiñosa". Vuelvo a mirar el verde atavío de la caja de galletas astures que ahora ilumina la acera, mi vereda, el aire y el regreso, y pienso que hoy tendrías un día de esos de tele y tabaco, de esos que te arrastraban melancolía y soledad por compañía. Que andarías con lamentaciones, remontada, que te sumergirías en recuerdos de hace mucho, aquellos que te enfurecían y envenenaban, que a lo peor te dolería la espalda, las piernas, la cintura, el alma… Que recibirías con entusiasmo las pastas para retomar fuerzas y que, ojalá yo fuera verdad y yo anduviera cerca de hablarte con estas galletas que te devolverían las ganas para poder proseguir con esa vida tuya de relatos y quejas.

Y que tontuna me vuelve, pensar en estar cuando no me aparto de tu memoria ni con aceites hirviendo. Sí, bobadas, pedir lo que ya es, estar siempre donde tú estés.

Se me acabó el teclado (que no las letras). Se me agotó el recado. Se me apagaron las ganas. Descanse usted, madre y… hasta otro rato.

martes, octubre 11

Felicidades Madre.



Ayer, desde la oscuridad de la madrugada, un quejido sordo me empujo hacia fuera del país de los sueños.
Espero que no fueras tú, madre.

Ayer, con el sonido hondo y penumbroso de un lamento audible, te imaginé a mi vera, mirándome y lamentándote aún por la partida.
Espero que no fueras tú, madre.

Ayer, mientras el duermevela reinaba en toda tu casa y las sombras se entregaban al descanso, te sentí deambular nerviosa como queriendo poner orden en el caos reinante. Espero que no fueras tú, madre.



Hoy día martes, once de octubre, soplaríamos velas si anduvieras por casa. Te compraría los bizcochos lustrados con azúcar o te haría un keke de sabores a vainilla. Habría botellas de refrescos de sabor a naranja o mejor, con aromas a limones. Te llevaría algún brillante broche que portara perlas o quizás, un suave foulard de los tonos de la tierra.
Hoy, tu cumpleaños, se celebraría con alegría, con cariño, con algún que otro rifi y rafe y con risas. Siempre rememorando risas.

Hoy, en el mes de las hojas amarillentas y las ramas desnudas del otoño, cumplirías y no diré cuantos, descuida, sé que no te gustaría. Quince. Volverás a festejar los quince y nos, los tuyos, seguiremos solicitándote el paso a los dieciséis.

Quince. Dejémoslo en quince - dirías con sonrisa socarrona. 



Ayer escuché un gemido, un sollozo profundo, ahogado, sufrido, como queriendo mostrar una pena, un No Quiero, un Me Quedo.
Sólo espero que no fueras tú, madre.
Que fuera yo, madre.
Que tú no fueras.

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