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Sobre los atuendos negros y los amaneceres de mi tía Aurora.

Decía mi tía Aurora que nunca deseó casarse. La libertad le era tan necesaria como ver amaneceres desde su ventanal así que cualquier atisbo de obstaculizarla se convertía en un brutal revulsivo. Decía que los hombres, con alguna que otra excepción entre los que mentaba a mi padre, no estaban capacitados para hacerla feliz en la medida que ella necesitaba. También había excluido que pudiera ser una mujer la panacea a su soledad porque, si descartaba a los hombres por “incapaces” a las mujeres las tildaba de “insufribles”. La tía Aurora no odiaba al género humano, según ella era el género humano el que había decido odiarla a ella. Nunca solicitó nada que no creyese le perteneciera por naturaleza y, no sabía bien si por fortuna o por desgracia, tampoco se cruzó con quien quisiera quererla sin contraprestaciones. No conoció a su madre, su padre en la vida le dedicó tiempo, sus tías se limitaban a dirigir su educación y sus niñeras, aquellas horribles guardesas, la aseaban y le administra…