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viernes, abril 22

Sobre los atuendos negros y los amaneceres de mi tía Aurora.


Decía mi tía Aurora que nunca deseó casarse. La libertad le era tan necesaria como ver amaneceres desde su ventanal así que cualquier atisbo de obstaculizarla se convertía en un brutal revulsivo. Decía que los hombres, con alguna que otra excepción entre los que mentaba a mi padre, no estaban capacitados para hacerla feliz en la medida que ella necesitaba. También había excluido que pudiera ser una mujer la panacea a su soledad porque, si descartaba a los hombres por “incapaces” a las mujeres las tildaba de “insufribles”. La tía Aurora no odiaba al género humano, según ella era el género humano el que había decido odiarla a ella. Nunca solicitó nada que no creyese le perteneciera por naturaleza y, no sabía bien si por fortuna o por desgracia, tampoco se cruzó con quien quisiera quererla sin contraprestaciones. No conoció a su madre, su padre en la vida le dedicó tiempo, sus tías se limitaban a dirigir su educación y sus niñeras, aquellas horribles guardesas, la aseaban y le administraban con rigor estrictas medidas correctoras. Únicamente, la ternura que le proporcionaba su hermano pequeño - mi padre - le traía recuerdos de días de risas y luces cálidas justo en las primeras horas diurnas, con el crepúsculo matutino.

A pesar de no querer hacerlo, la tía Aurora se había casado en dos ocasiones. La primera con un primo lejano que conoció un verano de vacaciones en el norte. Se llamaba Agustín. Nada del otro mundo, sólo un buen muchacho y poco más. El hijo de un hermano de su padre algunos años mayor que ella. Con un oficio bien estable en una correduría de seguros. Ni muy vivo ni muy muerto. Simplemente un hombre que se fijó en ella y que desde la trastienda, orquestó un matrimonio que a la tía Aurora le fue notificado con la llegada del otoño. En la misma época en que le llegaron los dulces de las monjitas de clausura a casa de su padre, justo al inicio de las fiestas de Santa Ermerinda.

A tu madre le hubiese gustado, estaría muy feliz por ti – le dijo su padre para darle la motivación que evidentemente le era ausente.

Y contrajo nupcias con el joven Agustín descubriendo los misterios de alcoba, con más frío que calor en sus carnes. Disfrutando a veces y dejando hacer otras muchas; más lo segundo que lo primero pero sujetándose a las obligaciones propias de aquella nueva situación personal. De la casa a la misa, de la misa a las reuniones parroquiales, de las visitas de vecinas a los rezos de rosarios hasta que un día, ya de tarde un poco antes de cerrarse la noche, su marido, el joven que jamás fue demasiado vivo ni tampoco demasiado muerto quedó difunto en el lecho después de una de esas obligaciones aparejadas a los esponsales. Vestirse de negro no le provocó tragedia. El color de los fondos de pozos y de las noches sin lunas le gustaba y, en cierto sentido, pensó que podría al fin ser libre haciendo y deshaciendo a su antojo, sin pautas, sin conductas regladas, sin necesidad de actuar, sin rezos y sin compromisos. Los siguientes años los dedicó a la lectura, a la contemplación de las bellezas naturales, a la pintura y a la escultura y, reconoce que por un tiempo, creyó acercarse a la felicidad soñada donde el amanecer y la visión de los colores del alba eran una constante.


Convenció a su padre y viajó por Europa, recorriendo otros mundos que consiguieron alejarla más aún del que le había tocado, para su desgracia. Aprendió idiomas, disfrutó de distracciones, conoció costumbres nuevas y dejó que la vida le mostrara su cara más amable para luego enseñarle una mucho menos dulce.

En Patmos, una pequeña isla griega, conoció al que sería su único y gran amor: pintor como ella, amante de las letras como ella, apasionado por las libertades como ella, necesitado del verdadero amor como ella. Se sintió viva. Por una vez en su vida deseó parar el tiempo y convertir todo aquello en imperecedero, en parte de una eterna y maravillosa pintura sobre lienzo. Sintió que la amaban, que era amor y no un sueño. Amor y vida. Y aquellas sesiones de sábanas obligadas se convirtieron en necesidades carnales.

Hasta que la verdad se hizo presente. Su pintor no era para ella, pertenecía a otra alma, a otra. Y recogió su vida desgarrada y deshecha intentando unir los pedazos que quedaron más dañados para, entre lágrimas, retornar al mundo que para su desdicha le había tocado.


El segundo enlace cubrió la deshonra que trajo de tierras helénicas. Su padre hubiese querido matarla a golpes. Sus tías dejaron de hablarle y las vecinas cuchicheaban al verla pasar por los callejones del pueblo, increpándole en la lejanía. Sintió el sabor del desarraigo. Sabor a odio, a ternura extraviada, a deseo extinto y a melancolía a raudales. Un sabor ácido que se le juntaba con las náuseas propias de la preñez, con las fatigas matutinas y con la pena, gigantesca pena que le quitaban las ganas de respirar.


A él no le importó el regalo que traía consigo. Ángel, así se llamaba el segundo desposado, la aprovechó y utilizó. Y volvió la tía Aurora a sufrir en sus carnes las obligaciones conyugales, las noches de lujuria impuestas y la rigurosa parafernalia de una señora de bien, incluidas aquellas tediosas reuniones de cándidas vecinas que hicieron, tras su segundo enlace, borrón y cuenta nueva aceptando de nuevo a su antigua oveja descarriada. Pero como no hay tragedia que cien años dure y tampoco alma que pueda tolerarla la fortuna quiso que su segundo suplicio cayera en desgracia al intentar abusar de la lozana e impúber hija del tendero del pueblo. Y quedó de nuevo libre, con un pecado viviente medio griego y un apellido de casada que arrastraba una vergüenza mayor que la suya por manifiesta y castigada. Y por aquello de no importarle en absoluto llevar vestimentas negras volvió la tía Aurora a ennegrecer sus telas y a vestir luto, esta vez con la intención inalterable de no abandonarlo jamás.


Retomó la tía Aurora su vida liberada amaneciendo de nuevo y, con aquel vástago a cuestas, montó su negocio en un pequeño local de alquiler, vendiendo láminas pintadas a plumilla y esculturas de barro a gusto del consumidor, además de acuarelas marinas y, de tanto en tanto, poemas de enamorados o cartas de toda índole redactadas a petición de pretendientes poco dados a la pluma, maridos enternecidos por el romanticismo y adúlteros enloquecidos de pasión por sus objetos de deseo.


Y a pesar de lo que decía mi tía Aurora, con sus verdades y sus exageraciones, con sus noches de lágrimas y sus horas de alegrías, con sus idas y venidas, con sus recuerdos vívidos y sus sueños olvidados, quisiera yo haber sufrido en mis carnes una vida tan plena y tan entera. Una vida tan bien resistida y tan excepcionalmente vivida.


Pepa González

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