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jueves, agosto 8

TESS GALLAGHER 7 POEMAS

 
Escritora, poeta y dramaturga americana, Tess Gallagher estudió Escritura Creativa en la Universidad de Washington antes de recibir una Beca Guggenheim que le permitió dedicarse a la literatura y a la enseñanza.
Gallagher fue la tercera esposa del escritor Raymond Carver, quien fue fundamental en el desarrollo de su obra.

LIBROS:
 
* El amante de los Caballos
 
* Carver y yo
 
* El Puente que cruza la luna: Es éste un libro muy personal, a veces repleto de imágenes y de puntos de vista no fáciles de explicar, pero el tono general  es  excelente.  El fantasma del amado fallecido aparece en cualquier esquina, en un vaso, en un anillo, agita la memoria. Anda como compañía invisible que desprende calor. En los poemarios hay una fusión constante de tiempos: el presente se alía con el pasado incluso en el desgarro, en la melancolía. La autora se balancea con seguridad hacia el recuerdo concreto, y celebra una y otra vez el día de San Valentín, cumple el ritual de visitar la tumba.

Tess Gallagher habla en alta voz con Carver, y habla con él, como si  estuviera más vivo que antes, en los versos. “Yacer junto al amado // significaba disfrutar del jardín en todas las estaciones.// Ahora lo veo”. 

 
Alterna los poemas largos con los cortos, en este intento constante de rendir homenaje.
 
“El puente que cruza la luna” es un poemario lleno de ternura, de dolor.
“Todas las penas del mundo pueden mitigarse si se pueden encerrar en una bella historia”.

 

POEMAS
 

Ahora somos como aquel montón mate de arena

del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.
¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?
¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
quieres que use tu luz para brillar, para relucir?
Brillo. Estoy de duelo.


 

Tras los chinos
 
Al amanecer, un viento del Norte ha zarandeado
la nieve de las ramas de los abetos. Ningún disfraz
dura demasiado. ¿Pensabas que no había vientos
bajo tierra? Mi caballo tártaro prefiere
el viento del Norte. ¿Pensabas
que la muerte y un poco de tiempo me detendrían?
¿Acaso no me elegiste por mi condición
obstinada, por los ojos verdes que ahuyentaban
a los timadores y engañabobos de nuestra puerta?
He abierto un pequeño sendero, un círculo ovoide
alrededor de tu tumba, para mantener el calor
mientras te hablo. Soy la única
en el cementerio. Elegiste bien.

Nadie es tan obstinada como yo, y mi caballo tártaro
prefiere el viento del Norte.


Cada pájaro caminando
 
No mientras, sino mucho después de decírmelo él,
yo lo imaginaba bañando a su madre,
encorvándose sobre la cama y bajando
la manta. Había una palangana con agua
y él mojaba un paño
en ella una y otra vez. El paño
chorreaba un poco sobre la sábana
cuando él iba y venía desde la cabecera
a la mesa de noche
porque no había sitio
en el cuerpo de ella que él no debiera tocar pues
era necesario. Y ella le ayudaba moviéndose
lo poco que podía, levantándose para que él
lavara, debajo de los brazos, el hueco suavemente.
Luego progresaba
desde los pies, por los tobillos, sobre
las rodillas. Y por último, abría
sus muslos y pasaba el paño con firmeza
y con la idea de limpiar
arriba, donde la entrepierna, entre los labios,
sobre la V de pelos escasos,
como si él fuera una madre
que tuviera el pretexto de la limpieza para tocar
con amor e indiferencia
las partes secretas de su hija, para rozar
la asexualidad soñolienta en su espera,
para descubrir qué hacer por el amor
del cuerpo, por el amor de lo que
sólo el cuerpo puede hacer por sí mismo.

Así su mano, suavemente en el sitio
de su luz natal. Y ella, los ojos ahondados
y cerrados en la habitación oscura.
Y porque él me dijo que la muerte de ella era tan
importante como el estar con ella,
yo pude amarle de otro modo. No
por el cuerpo solo, o por su propia materia,
sino llevada por las blancas espirales del temblor
hasta que el espíritu, el aliento que éramos,
se nos quitó. Pequeña entonces,
la palabra sagrado.

La volvió boca abajo
y lavó las escápulas,
la parte estrecha de la espalda. "Ya está bien", dijo ella.
"Basta ya".

Sobre nuestros labios aquella mañana, el jugo ácido
de las madres, tan fuerte en la remembranza,
sin pedir, sin dar, y lo que dijiste,
va siendo el fin de nuestro amar, así para no dañar
al ser más querido, me hizo pensar
en lo que queda de nosotros
después de quitado nuestro sexo.

"Cuéntame", dije, "algo que no pueda olvidar".
Luego vino la historia
de tu madre, y cuando terminaste,
dije: "Está bien. Basta ya"

Brillo
 
Aquellas japonesas esperaban;
esperaban de regreso a Shikibu y Komachi,
a hombres que ni siquiera entonces parecían capaces
de darles afecto. Aunque es una traición
no admirar el amor de las mujeres,
que ilumina los largos corredores del pasado
con tanta potencia como las linternas
bajo las que anduve junto a los santuarios de Kyoto.
Mujeres que esperaban en vano, o a que una fugaz
reaparición vivificase su tristeza.
Su esperanza de reencontrarse siquiera con un pálido amor
daba a cada corazón un riguroso desvanecimiento.

Incluso una hermosa pérdida es una pérdida.
Alguien debería haber atravesado
las telarañas de sus miserables portales
con un nuevo mensaje: “No el trabajo del amor,
sino el amor en sí: nada menos”.
Quizá eso las habría vaciado
lo suficiente como para anular toda
falsa esperanza de satisfacción.

Lo que quiere decir que,
al no llegar el amor adecuado,
no habrían estado preparadas.
Salí a pasear una noche,
bajo la luna llena,
y convine con mi amado muerto
que la luz fría que se reflejaba en el dorso de mis manos
me pertenecía principalmente a mí.

Ahora cerca de mí

Por entre la niebla del valle
veo los caballos
moviéndose apenas, los cuerpos
y crines acariciados, la depresión
del lomo.
El amor humano es una maravilla,
aunque sólo sea para decir:
¡este cuerpo! ¡esta niebla!
 
Uvas azules
 
Como uvas
junto a la ventana
y miro
al valle nevado.
Por un momento, la profundidad del mundo
me devuelve la mirada. Entonces un arrendajo azul
esparce nieve de una rama.
No hay mundo; no hay encuentro. Sólo
estremecimientos, dulzura
en la lengua.
 
 

Habitación infinita
 
 
Él me lo dio todo, hasta
el último y jaspeado instante,
pero no como un exceso,
sino como si un propósito oculto fuese
fuente junto al camino
a la que pudiera acercar mis labios y saciarme
de recuerdos.
Ahora el amor en una habitación
puede hacer que me pierda con suma facilidad,
como una niña que hubiese de volver deprisa a casa
ya de noche, y tuviera miedo de
encontrarla vacía. O sólo miedo.
Dime otra vez que esto sólo va a durar
lo que dure. Quiero ser
frágil y verdadera, como quien prolonga
el momento con su muerte intacta,
con su corazón, demasiado sabio,
limpio de los desechos que llamamos esperanza.
Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente
y saber, con la alborotada exactitud
de una ventana rota, lo que quería decir,
con todo el tiempo ido,
cuando decía: "Te quiero".
 





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