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jueves, abril 7

RETALES


Sabíamos que era allí. Aquel lugar había sido el último eslabón de contacto.
Hacía frío. Según dicen siempre lo hace y el olor a humedad es constante.
Olía a maderas y a naranjos. Por lo menos olía a naranjos. Algo de belleza y ternura entre tanto desgarro. De allí nos sacaron en un auto gris hacia las casas de acogida.
Mi hermano recuerda las lágrimas en su cara. Yo era muy pequeño para recordarlo. Hoy nos hemos atrevido a regresar. Queríamos saber un poco más. Conocer sobre ella. Recuperar nuestra historia.
Todo ha sido en vano. Ya no quedan gentes de aquella época. Los archivos se incendiaron. Nada a donde atarnos. Nos llevaremos el olor a naranjos y la luz brillante que atraviesa los viejos cristales. Por lo menos recordaremos el instante y sentiremos que alguna vez estuvimos entre sus brazos.








Yo no me carcajeo. No suelo hacerlo y menos cuando se trata de esto. Él sí que sonríe. Siempre lo hace. He llegado a pensar que es de puro nervio. No puede ser tan inconsciente y tampoco creo que sea un rictus estudiado. Seguro que son sus nervios. Es que la situación es como para estar nervioso.
De nuevo lo traigo al centro. Ya no recuerdo las veces que lo he traído. Diez. Doce. Catorce. ¿Qué sé yo? y ¿qué más da? La realidad es que ha vuelto a hacerlo. Deja su medicación, toma alcohol, algún que otro tripi o anfeta y vuelta a empezar.
Él alega que no atenta contra lo bueno porque ataca al sistema. Ese injusto sistema que tiene empobrecido al barrio e incrementa las listas del paro.
Sólo quería meterles fuego – dijo. Sólo quería hacer justicia – declaró.
Sólo hacía justicia.

Y aquí de nuevo, los dos. Otra vez a internarlo. A tratarlo con litio. A que el equilibrio, su propio equilibrio, se restablezca. En esta ocasión por pedir justicia. 
Sonríe. Sigue con esa sonrisa que imagino es nerviosa; esa sonrisa que le quitaré algún día de la cara de una buena bofetada porque me saca de mis casillas. Y lo peor de todo es que hasta a mí me dan ganas de reírme esta vez porque, a decir verdad, la causa sí que era justa. No las formas, no las maneras, no el incendio, ni las pedradas a la casa consistorial pero… la causa, “su causa” era una muy buena causa.








Él siempre mira así, de esa forma. Como si fuesen los ojillos de un bello y cariñoso perrito de compañía. Hasta con dulzura. Esa mirada que te penetra y te hace suya por límpida, por adorable, por llena de amor y sensatez. Mira como nadie lo hace y él lo sabe.
Yo lo miro de reojo. A veces, sin que se de cuenta lo miro. Desde abajo, suplicante. Como queriendo decirle cuánto le amo, deseando que algún día él pueda leer en mis ojos todo lo que siento desde hace tanto tiempo. Me encantaría decirle que sin él ya no vivo, ya no soy. Que es lo único que hace que salga de mi rutinaria vida, gris vida, para encontrar colores en derredor. Estaría pletórico si compartiera conmigo estos sentimientos que me embargan y que llevo adentro desde hace tanto, tantísimo tiempo. Se colmarían todos mis deseos, todas mis expectativas, todas mis pretensiones porque él es lo único que me marca y me marcará el rumbo siempre.
A veces lo miro pero, desde abajo. Desde la cercanía. Donde poder inhalar su aroma y grabarlo como impresiones en negativos. Llevarlo conmigo.
No se da cuenta. Él no se da cuenta... jamás se da cuenta.






Dicen que debo esperar unos minutos.
¡Qué fácil!
Debo aguardar mientras mi vida pasa como un ciclón, descolocando cada uno de los ladrillos que he ido ensamblando para hacerla meramente estable. No grande. Ni siquiera gloriosa. Sólo estable. Permanente y segura.

Que espere.
Mientras el corazón me late a una velocidad desconocida hasta hoy, debo hacer cola. Esperar. Tener algo de paciencia.
Imagino que son tantas las veces que solicitan calma que no te miran siquiera para pedírtelo. No observan reacciones y creo que les da lo mismo si sentimos o padecemos. Sólo la chica rubia del fondo parecía llenarse de ternura y nos miraba con algo de humanidad en sus ojos. Los demás, tras el mostrador, se ocupaban cada uno de sus quehaceres. Dos al teléfono, a la derecha alguien miraba un archivador, a la izquierda otro introducía folletos publicitarios nuevos en los marcos de metacrilato colocados en fila; junto a la mesa del fondo alguien sacaba fotocopias y aquella chica rubia, la única que parecía sentir algo de compasión por los dos varones que preguntaban por el
informe médico.
 Los resultados estarían en unos minutos, ni antes ni después. Conocer si la atroz enfermedad estaba en mis huesos o no, sería cuestión de minutos. Saber si viviría unos meses o unos años, era cuestión de unos pocos minutos.
¡Ay Madre! Creo que  me reventará el corazón.

¡No!. Respira e intenta controlarte - me digo.
Solamente debo esperar. Solo esperar.



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