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martes, noviembre 9

RETALES DE UNA VIDA



Desde chico le dijeron la forma en que debía moverse, caminar, comportarse, hablar, vestirse, gesticular e incluso deliberar.


Y él, desde su más temprana edad, pensó que algo no debía ir bien internamente porque quería hacerlo todo distinto a como le indicaban que debía hacer. A pesar de ello enmudeció y escondió lo que, instalado en lo más profundo de su ser, quería salir y brillar con luz propia.



Mejor así – se decía en cada ocasión que aquel extraño sentimiento le embargaba.

Mejor así – y todo su cuerpo se calmaba, sus bailes de letras mentales se apaciguaban y la normalidad le inundaba, como si de una presa llena tras las torrenciales lluvias de enero se tratara.



Creció entre algodones, agasajado por una madre entregada a su cuidado y dos tías solteronas que disfrutaban haciéndole el gusto, regalándole caprichos sin miramientos. Estudió donde los jesuitas del barrio y desarrolló un talento sin igual para recitar poemas épicos y recrear historias de legendarios nobles, escuderos y lozanas damas de corte. Era un joven apuesto, un seductor nato, un adulador con maña para conseguir todo lo que se propusiera con ahínco. Y a pesar de esa acomodada existencia y de sus múltiples logros, algo seguía caminándole mal adentro.

La ansiedad que sentía de niño había ido creciendo con él, a su mismo ritmo y, con cada celebración de aniversario mayor era su zozobra, más profunda la indecisión. Algo así como un naufragio que sabía llegaría sin posibilidad de evadir las rocas que hundirían la barca de su propia vida. Y siguió aparentando.



Mejor así – se continuó diciendo cuando le temblaban las manos.

Mejor así – se murmuraba a sí mismo cuando el estómago se le volvía del revés y era incapaz de centrarse en algo tan natural como vivir.



Conoció aquella preciosa joven paseando por el parque una tarde de domingo y, casi sin percatarse de ello, la convidó a meriendas para más adelante llevarla al cine; luego al baile y del baile al picnic; del picnic a casa de su madre para presentarla a las tres mujeres importantes de su vida y de allí, ante al altísimo. Todo en el tiempo debido y apalabrado.
Y tras el feliz enlace vinieron los dos hijos y con ellos las celebraciones de cumpleaños, los festivales infantiles, los disfraces de carnavales, las vacaciones en la playa y los inicios escolares.

Pero siguió sintiendo lo que se le movía por dentro. Y por temporadas se le enredaba el alma y se le complicaba la tranquilidad, retornando el huracán que descolocaba cuanto había ido ordenando en su cuadriculada vida de prosperidad y aparente felicidad.



Mejor así – repetía a viva voz y en suave susurro convenciéndose de la suerte que tenía.

Mejor así – balbuceaba cerrando sus ojos fuertemente, enviando al oscuro cuarto del olvido cualquier inquietud que le provocara su otro yo.



Y crecieron los niños, fallecieron sus mentoras, envejeció su esposa y allí seguía él, formando parte de una vida que lo había arrastrado durante seis décadas. Enfrentando lo único que deseaba con fuerza; que le hablaba y le sugería imágenes, sensaciones e historias; que le mostraba su verdad.
Sesenta años de lucha contra aquello que sin duda le hubiese aportado algo de felicidad.



Dos años han pasado.

Uno de sus hijos, el único que aún quiere ir a verle, entra y baja las escaleras principales introduciéndose de lleno en su mundo. Se acomoda junto a la barra y se sienta en el rincón más oscuro del local.

Su padre pide que le sirvan un whisky de malta con mucho hielo, como sabe que a él le gusta.

El tenerlo presente y frente al escenario, aunque sólo sea de vez en cuando, le proporciona un añadido de júbilo a su floreciente felicidad. Quiere que se impregne del disfrute de su padre.

Esa noche se vestirá con el traje de lentejuelas doradas que tanto le adelgazaba, transformándose en una auténtica diosa del cabaret. Y cantará aquella triste canción de amores que entonara en los ochenta su adorada Rocío, la gran Rocío Jurado. Recibirá mil y un aplausos paseándose entre el público. Saludará a los asiduos entre besuqueos y aclamaciones. Una mano amorosa le tomará por la estrecha cintura para entregarle una rosa roja con lazada en color plata, como cada segundo martes del mes. Y suspendido en altos tacones de plataforma, se acercará a aquella oscura esquina. Intentará regalarle una cariñosa sonrisa a la sombra que se aleja rápida por entre las mesas, camino de la escalera de salida. Lo intentará. Como en cada ocasión que uno de sus hijos, el único que aún quiere verle, entra de lleno en su mundo.

Pepa González

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