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miércoles, julio 20

LA COCINA DE SEÑO MARUJA Y LA VIDA REPUTA.






Estela volvería a cocinar. Y eso significaba mucho. Significaba todo. Aunque a simple vista nadie se percatara de ello, ese nimio detalle daba un vuelco a su vida otorgándole incluso cierto orden inesperado y sorpresivo. Cierto orden porque, conseguir que su existencia se tornara “normal”, era pedir demasiado. Las cicatrices interiores no se borraban tan fácilmente y tampoco ella pretendía olvidar creándose un nuevo perfil en país extranjero. Su vida, su apestosa vida, le tocó como boleto en feria, como una mala partida de cartas en donde de antemano la perdedora había sido ella. Pero eso ya lo tenía asumido desde que contaba poquita edad, así que tampoco las lamentaciones eran su dinámica diaria.




Quería volver a preparar arepas. Las de su tierra. Igualitas a las que le había enseñado a hacer la “Seño Maruja” en aquel cuchitril asqueroso e insalubre que se hacía llamar Rte. de Los Olmos, en su Venezuela natal. Como si oyese de nuevo la voz de la octogenaria mujer, seguiría las pautas para no cometer fallo y comenzaría a mezclar ingredientes:



- Taza y media de agua en un bol, sal y chorrito de aceite; harina al ojo hasta que la masa quede bonita; amasando bien y que no queden grumos que hacen mala masa para luego hacer unas bolas tamaño pelotita; aplasta las bolas con las palmas; calienta la plancha engrasada y luego doras las dos caras de las bolas planas; al horno precalentado y déjalas hasta que se abomben; al retirarlas ten en cuenta que deben sonar a hueco…después, lo rellenas con lo que te pidan - .



Y recordaba Estela que siempre que cocinaba arepas la sonrisa le completaba el rostro, como los garabatos de tiza de un niño cubren pizarras vírgenes. Ciertamente volvería a cocinar arepas y para Estela, aquello era de veras trascendental. Lo cambiaría todo. Lo sabía. Se sentiría de nuevo con aliento.



Un día, hacía ya mucho tiempo, se juró no sentir nada por nadie. No quería abrigar esperanzas. No deseaba padecer por nadie y menos que se le encogiera el corazón o el alma. No sufriría más. Ya era bastante. Llegada la treintena se decidió a salir de la oscuridad que tanto tiempo la había estado rondado, para que los rayos de luz rozaran su vida dándole algo más de claridad. Lo que parecía imposible ahora era una realidad visible.

En Barcelona se le ofreció contrato como servicio doméstico y aquello, lejos de parecerle deshonroso o humillante, la reconfortó. Al menos allí nadie la insultaba, vejaba o cacheteaba sin motivo. Allí la trataban por primera vez como a un ser humano y, aunque soñara sin cesar con las caras que tanto daño le habían propinado desde la más tierna infancia, Estela había logrado erradicar el olor a chabolas y aguas sucias que la acompañaba pegada a la epidermis desde mucho antes de lo que lograba recordar. En Barcelona aprendería algo de letras gracias a las clases nocturnas, y algo de números de manos de la señora Cristina, su señora, la dueña de aquella inmensa villa a las afueras de la ciudad condal en donde la recibieron, por primera vez, como a una mujer libre de cadenas. Sus primeras revisiones médicas, en Barcelona. Sus primeras idas y venidas en metro, en Barcelona. Sus primeras horas de asueto, en Barcelona.



Y atrás quedaban, como pesadillas agarradas con saña a su alma, las continuas violaciones del padre, del tío, del hermano mayor. Los quebrantamientos de los hombres toscos y hediondos a los que su padre cobraba por el abuso.



Ayudar en casa con los ingresos – decía el proxeneta de sangre. Cinco hermanos que alimentar – justificaba el violador permisivo y carcelero.



Y tras el atropello, todo quedaba en nada. Al fin y al cabo sólo era su cuerpo el que se expoliaba una y otra vez a merced de manos, cuerpos, miembros sexuales y actos aberrantes. Manos de hombres sin ternura que hicieron de su cuerpo un juguete manido, manoseado y viciado.



El asco visceral al otro género tenía en Estela una justificación más que legítima, lógica. Y aunque reaccionó tarde… muchos meses que se hicieron años… tarde, fue tomando pequeñas cantidades que solicitaba a esos borradores de inocencia con la excusa de necesitar nuevos zapatos o abrigo para las noches más frías. Poco a poco, con meticulosa y estructurada planificación silenciosa, evitando que padre se pudiera enterar de la pretensión última, Estela se fue haciendo con dineros suficientes para escapar de aquella inmundicia con que había sido bautizada. En medio de las agresiones, Estela cerraba los ojos fuertemente, justo antes de que sintiera como ellos derramaban su podredumbre adentro de su cuerpo, justo antes de que notara que la culminación del ataque llegaba a su fin y el sudor le cayera sobre su diminuto cuerpo, tomaba aire con fuerza e imaginaba que Seño Maruja aún estaba viva, que no había fallecido mientras elaboraba comidas para el Olmo como le habían informado, que de nuevo estaba a su lado, cocinando arepas, ayudándola en los preparativos de la masa, recibiendo instrucciones, mirándose por dentro, queriéndola de esa forma que ambas reconocían, como el afecto de una abuela a su nieta, quitándole hierro a la vergüenza. Porque allí es donde único era un poco feliz, en el Olmo, cocinando para Seño Maruja. Ella la agasajaba y la miraba directamente al dolor, a sus entrañas, con esa mirada con que uno contempla a un animal desvalido y necesitado de cuidados. Con esa carita de lástima q provoca el malestar evidente y ajeno. Mirada de quien tras haberlo pasado pésimo en su propia vida, reconoce el sufrimiento de quien lo soporta e intenta lamer heridas para mitigar padecimientos. Recordaba Estela, en aquellos momentos de viles quebrantos, que haciendo arepas era feliz, porque eso significaba que el amor le rondaba la vida.



Nunca amó a Wilfredo. Aquel hombre fornido que intentó sin éxito llevarla consigo al otro lado de la frontera, invitándola a cambiar de vida para crear una familia. No podía amarlo porque Estela no podía amar. No se sentía con fuerzas para amar a nadie. Sabía que ese sentimiento no se le acercaría porque no creía en la existencia misma del sentimiento. Eran cosas de telenovelas, de ficción. Lo real era lo otro, hombres que utilizaban sus carnes para disfrute animal. Sin compasión. El amor era cuento de folletín. Y un día le llegó la buena nueva. Moría Wilfredo. Un tiro en una partida de cartas y quedó cadáver. Ella no lloró y tampoco sintió la pérdida.



De igual forma, no supo amar a Sebastián. Él se empeñó en decir que ella le pertenecía. Propagó que era su mujer pero, ella no lo amaba. Fue por casa para advertir a su padre que ella ya no podía ser vendida. Que él la mantendría y la cuidaría. Se le olvidó decir que también la maltrataría. Se le pasó comentar que la violaría con más rabia que cualquier otro. Se le escapó señalar también que la insultaría, la haría llorar y la amedrantaría sin compasión. Estela nunca lo amó, ¿cómo habría de amar a aquel animal sin escrúpulos que la eligió como entretenimiento? El sentimiento de novelas era una burla cruel. Ella no sabía querer. No era capaz de sentir y solamente reconocía un sentimiento, el daño. A ese sí que lo veía bien clarito cuando se le plantaba de frente y la arrinconaba sin posibilidad de zafarse. ¿Y cómo iba a ser de otra forma?



Luego de aparecérsele Sebastián, que para su desgracia coincidiría con el fallecimiento de Seño Maruja, no volvería a hacer arepas. E igual que la anciana se había apagado como brasa de hoguera añeja, el amor se le apartaba a Estela dejándola, si aún cabía esa posibilidad, más a la intemperie y desabrigada que nunca. Sebastián decidiría un día dejarla por otra más joven, con más carnes. Más mujer, le dijo. Y volvería Estela a la casa paterna, ¡a dónde iba a poder ir si no!



Puta vida...reputa vida – se decía entre sábanas y en silencio Estela.





Cada domingo tiene la tarde libre en Barcelona. Las horas le sobran. Se lo ha dicho a Doña Cristina, pero le insisten en la villa que ella debe tomar descansos. Que pasee. Que se compre un helado, un chocolate con churros, unas rosquillas. Que vaya con otras jóvenes a divertirse, a reír…que descanse.



A reír…¡qué estupidez! – pensaba Estela cada vez que escuchaba lo de ir a buscar sonrisas. Y ella se pregunta para qué habría de hacerlo. Vivir como vivía ahora ya era un descanso. Estela sabía desde hacía mucho que sus escasas risas escondían silencios saturados de sombras dolorosas, sin brillos, carentes de vidas, de hálitos. Sus risas eran sepias, eran negruras, tormentos enmascarados. Estela no sabía reír y lo peor del asunto, no quería reír. Sólo descansar de su vida.





Cada miércoles esperaba el bus a dos calles de la casa donde trabajaba. Montaba con ligereza y, sin mirar a su alrededor, abonaba y hacía en silencio el trayecto. Tomaba el camino en dirección al mercado, cargaba el carro con el pedido de la señora Cristina y retornaba sin tomarse licencias demorándose con tertulias en el regreso. Y allí estaba siempre él. Aquel hombre enjuto y risueño que pasaba la treintena. La observaba. Estela podía ver que la observaba, cada miércoles. Le sonreía mostrando una dentadura algo desvencijada pero aseada. La miraba. Y ella se resistía a cada encuentro de ojos, a cada gesto amistoso, a las sonrisas regaladas y a la cercanía que se podía aventurar que él deseaba.



Y los miércoles siguieron gestándose de la misma rutinaria manera. Bus, mercado, miradas y regreso. Trayecto, compras, sonrisas próximas y vuelta. Jacinto, así se llamaba el observador perenne, conducía un taxi. No era suyo, pero lo manejaba y cuidaba como si lo fuera. Tanto así, que Estela pensó que aquella forma de querer el auto solo podía ocurrir por haberlo comprado con mucho esfuerzo. Pero no. Él lo conducía por un salario que incrementaba con alguna ganancia extra, dependiendo de si hacía más o menos servicios. Jacinto llevaba casi una década en Barcelona pero era extremeño, del Valle del Jerte. Y por eso de ser también un foráneo de aquellas tierras catalanas deseaba ofrecerle su ayuda, su confianza. Así durante meses, mirándola sin atreverse a dirigirle la palabra, sintiendo que ella no le daría pie. Incrementando con cada miércoles el deseo por la joven hermética y misteriosa, distante, que se le había clavado en el corazón.



Cuando al fin tuvo oportunidad para hablarle dijo solamente dos palabras: Te quiero.

Luego enrojeció y partió raudo hacia el taxi arrancando a más velocidad de lo normal, empujado por un ataque repentino de vergüenza, de nervios y de descontrol.



Estela lo ojeó con desinterés, como miraba desde hacía mucho a los hombres…y a las mujeres…y a los niños.



Pasarían tres semanas hasta que Jacinto se le acercara de nuevo, en la parada del bus, para pedirle tomar un café juntos. Estela rehusaría la invitación sin miramientos y continuaría con su espera y su vida. Hasta en cuatro ocasiones tuvo valor Jacinto para acercarse a aquella mujer callada, de aspecto frágil, con enormes ojos del color de la miel de su tierra extremeña, con la piel del color de las aceitunas también extremeñas, de pequeños y delicados pies y de livianos movimientos al caminar.



- Tu nombre…sólo dime tu nombre – le dijo en una ocasión sacando la cabeza por la ventanilla del taxi y mirándola de cerca, como quien tiene delante a un ángel bajado desde el mismísimo cielo. – Dime tu nombre y me harás feliz, por favor.



- Estela – contestó ella mientras asía su mano al carro de la compra, con los ojos fijos en el suelo y se colocaba en la cola del bus.



- Maravilloso…Estela. Maravilloso – dejó escapar de sus labios Jacinto a modo de suspiro para quedarse sumido en un sopor de dicha.







Cada miércoles Jacinto estaba allí. A mitad de la semana, hubiese sol o sombras en las alturas. Se sintiera el frío o llegasen oleadas de calor primaveral. Soplara el viento o hubiese calma pegajosa. A la misma hora, cada miércoles de cada semana, allí estaba él para pronunciar con dulzura su nombre y regalarle una sonrisa. Hasta aquel día miércoles en que Estela sintió su ausencia. Y, al igual que los días se organizaban en torno a sus quehaceres diarios en la casona de la Señora Cristina, de la misma forma que se levantaba a diario desde las 5:45 am para iniciar la limpieza de la cocina y el manufacturado del desayuno, de la misma manera que planchaba cuando rozaban las 15:00 pm en el reloj del salón o regaba los macetones del portón principal a la caída de los rayos de luz…la ausencia de Jacinto, sus palabras, sus ojos y sus sonrisas, le habían dejado un vacío inesperado y desconocido en su automatismo de los días miércoles. Para su desazón, tampoco apareció al siguiente miércoles, ni al otro, ni al que le siguió a ese último. Y la desesperanza se fue tornando pesadumbre en su rostro, y la agonía en sinsabor, en ahogo, en algo parecido al sufrimiento por dentro, a la congoja y de vuelta, a ese recuerdo dañino del desamparo y el frío. Aquel hombre había logrado lo que ningún otro, llegarle a importar, a sentirlo cercano, incluso propio. Jacinto se le había metido en las entrañas y corría ya de forma incontrolada por su corriente sanguínea, llenándola de una pena nueva, distinta, pero pena al fin. Y no supo Estela cómo hacer. Quiso preguntar a los demás conductores de la parada pero no se atrevió. Pensó cambiar el día de mercado y pedir permiso a la señora para adelantarlo al martes o, quizás, retrasarlo al viernes pero…le faltaron agallas. Se preguntó por qué nunca apuntó el número del móvil que Jacinto le ofrecía por si alguna vez necesitaba de su asistencia. Se recriminó, así misma, por no haber aceptado jamás el ofrecimiento de pasear junto a él en domingo y así, al menos, saber dónde ubicarlo cuando le faltara. Se llamó cretina y se sintió vacía. Esa ausencia infinita la convertía en huérfana de nuevo. Él la había invadido y ahora su recuerdo era como un torbellino hiriente. Su falta la desmoronaba, la falta de quien ya formaba parte de su vida sin ella haberlo proyectado. Y tras una noche de lágrimas como torrentes, decidió que la imagen de Jacinto, igual que había aparecido para quedarse con ella, debería mitigarse y desaparecer como la niebla. Así podría continuar su existencia sin más alboroto, sin más cambios en su rutina, sin mortificaciones añadidas. Y continuó yendo los miércoles al mercado. Dejó de mirar la parada y abandonó aquellas ganas de hacer nada. Dejó apartado el corazón justo en el mismo sitio en donde lo había guardado toda su vida, en el imperturbable y gélido invierno.

Pasarían ocho semanas de fríos, de corazón congelado y una tarde, entrando ya el crepúsculo, justo en el instante que volcaba el agua desde la regadera hacia las hortensias que vestían los macetones de la entrada, escuchó aquella voz que le encendería el alma.



- ¿Me has echado de menos, no es cierto? – y Estela volteó el cuerpo con velocidad de vértigo para mirar de frente a aquella delgada estampa vestida con su mejor y más tierna sonrisa. – Dime la verdad…¿me has echado en falta? Porque yo no he hecho otra cosa que imaginarte conmigo. Tuve que ir a casa - continuó diciendo - con mi gente ... de forma precipitada y sin poder avisarte pero… ya estoy de regreso.



Estela lo oía ensimismada pero no lo escuchaba; ella lo miraba y sentía que las imágenes de un dulce sueño se le adentraban por cada espacio disipando el temor de su pérdida; imaginó que él podría incluso abrazarla sintiéndose por primera vez suya; y oyó una voz interior que intentó recordarle que no sería capaz de amarlo porque no sabría; que ella no estaba capacitada para ejercitar ese verbo, que nunca supo pero, aún así y sin saberlo, deseaba con ansias aprender a amarlo. Y de pronto dejó Estela caer la regadera, corrió como un potro sin frenos hacia él, se le agarró con fuerza en un abrazo que provocó la risa y las quejas de Jacinto, levantó la mirada y dejó que él la besara con dulzura y le acariciara el cabello porque, a pesar de no tener nada claro por los adentros y de no saber cómo debería hacer para empezar a amarlo, Estela tuvo aquella sensación que antaño le traía gozo, la única cosa que traía aparejada dicha, esas ganas de preparar las arepas de Seño Maruja y aquello…sin miedo a equivocarse…quería decir algo que sí que se le presentaba con una claridad reconocible: por fin el amor le andaba rondando la vida.


pEpA gLeZ.

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